Once años sin Sharon: La 'diva' que Ecuador no olvida
Hermosa, carismática, imponente y de corazón bondadoso. Así recuerdan a Sharon, la artista que revolucionó el género de la tecnocumbia en los años 90 y 2000. Y es que ya es parte del calendario… El 4 de enero de cada año, Ecuador recuerda con nostalgia la partida de una de las mujeres más importantes en la historia de la música del país.
Pero antes de ser Sharon, fue Edith. Una mujer. Un ser humano. O, mejor dicho, “Charito”, como la llamaban quienes la conocieron de verdad. En entrevistas con Ecuador TV, familiares, colegas y amigos abrieron su memoria y su corazón para compartir recuerdos y sentimientos tras una de las partidas más impactantes en la historia de la música ecuatoriana.

Edith Rosario Bermeo Cisneros nació el 28 de marzo de 1974 en Guayaquil, aunque durante años su edad fue motivo de controversia. Creció en un entorno sencillo y hogareño, donde el estudio y la disciplina marcaban el ritmo de los días. “Mientras más grande, más humilde”, era una frase que su madre, Edith Cisneros, le repetía constantemente y que, once años después de su muerte, vuelve con fuerza a su memoria.
“Era alegre y extrovertida”, recuerda su mamá, quien revela que, pese a su corta edad, Edith y sus hermanas aprendieron a ser independientes, pues ella trabajaba y solía llegar tarde a casa.
Edith nunca se sintió cómoda con su nombre. “Quienes realmente la conocieron sabían que mi mami lo detestaba”, cuenta su hija, Samantha Grey. Prefería que la llamaran Sharon o, simplemente, Charito: un diminutivo íntimo de Rosario, sinónimo de cercanía, de hogar, de alguien que nunca dejó de ser parte de la familia, incluso cuando la fama la convirtió en la diva más popular del Ecuador.
Desde joven, Sharon ya visualizaba cómo quería que fuera su futuro, pese a las limitaciones que la rodeaban. Aprendió a coser porque su madre estudiaba corte y confección. “Ella era creativa y talentosa. Yo le entregaba los moldes para que hiciera sus propios trajes”, recuerda Edith, su madre.
Cada prenda que usaba nacía de su imaginación: la ajustaba a su cuerpo y a su personalidad. De hecho, una de sus propias creaciones la llevó a convertirse en reina de Durán, con un vestido que ella misma cosió.

El escenario, un sueño hecho realidad
La música llegó casi de manera natural. En la adolescencia, un tío la invitó a cantar sobre una tarima. Ese escenario improvisado marcó el inicio de su carrera. De allí nació su primer proyecto musical: la orquesta Los Hechiceros.
Tras su paso por el grupo, decidió emprender un camino en solitario y adoptó el sobrenombre de La Hechicera. Así comenzó a construir a Sharon: una mujer que entendía el negocio, que empezó desde cero y sin referentes previos. Supo leer a su público y crecer junto a él, aprendiendo en el proceso.
Fue entonces cuando empezó a forjar una identidad propia, tanto musical como visual. Las botas altas, los trajes sensuales, ceñidos y cortos, el cabello largo y los labios rojos se convirtieron en su sello. Una imagen provocadora y reconocible que terminó por definir a la artista y consolidar su presencia en los escenarios.
Cantante, bailarina, actriz y empresaria, Sharon se abrió paso a fuerza de trabajo. Buscaba sus presentaciones, negociaba contratos y preparaba cada show con minuciosidad: desde su atuendo hasta lo novedoso para los fans. Era exigente con el vestuario, los arreglos musicales y la puesta en escena. No tenía escuela musical formal, pero tenía voz, afinación y una intuición poderosa para convertir canciones en éxitos. Tomaba covers y los volvía suyos; hacía que sonaran nuevos, cercanos y populares. Valoró la música ecuatoriana cuando muchos la despreciaban.
En 1998 lanzó su primer álbum, Corazón valiente. Le siguieron Mi confesión (2000), Acaríciame (2001), Hechizo latino (2003), Ragga con La Hechicera (2005), La Cumbiamba (2006), Poco a poco (2010) y Corazón herido (2012). Cada disco fue un paso más en la construcción de un personaje que conectó con miles de personas, especialmente mujeres.

Además de ser cantante, Sharon fue un símbolo de sensualidad en Ecuador. Prueba de ello fue el calendario Sharon: La Tentación del Milenio, lanzado en 1999, que desató polémica. Inspirado en el estilo del calendario Pirelli, abrazó el destape que marcaba la época. Fue un éxito de ventas y dio paso a otros tres calendarios. En 2001 y 2002, Cedatos la proclamó la mujer más deseada del Ecuador. Sharon entendía el impacto de la imagen, pero también sabía cuándo bajarse del personaje.
Sharon, la mujer
Fuera de las luces y las tarimas, Sharon era una mujer completamente sencilla. En casa, recuerda Samantha, su madre vestía camisa polo, una falda simple y llevaba el cabello recogido. “Menos es más”, resume su hija al evocarla lejos del personaje público.
Uno de sus secretos mejor guardados era la cocina. Le gustaba preparar comida y sorprender a su madre, en especial con su arroz con mariscos, un plato que —dice Edith— jamás fue superado. “Tenía una sazón especial”, recalca con orgullo.
Esa cercanía también se reflejaba en los pequeños rituales que construían hogar. “Todos los domingos compraba flores amarillas”, cuenta Samantha, una costumbre que con el tiempo se volvió tradición. Además, disfrutaba armar mesas bonitas para tomar el té, rodeada de sus “tiliches”, como llamaba a esos objetos que daban calidez al espacio.
Navidad, fin de año y las fechas especiales eran momentos de unión. “Sharon reunía a la familia, incluso cuando había conflictos”, recuerda su entorno. De manera simbólica, hoy son precisamente esas fechas en las que su música vuelve a sonar con más fuerza, como si su voz siguiera convocando a quienes alguna vez logró juntar.
“Siempre tendré de referente a mi mamá. La admiro como ser humano talentoso y artista”, expresó Samantha.

La fama y la herida invisible
Tras tantos éxitos, Sharon atravesaba un momento decisivo: estaba decidida a volver a ser la número uno. Grababa, planificaba y soñaba en grande. Apostaba por las redes sociales cuando aún eran territorio incipiente: daba sus primeros pasos en Instagram, mantenía una cuenta activa en Twitter con más de 100.000 seguidores y desarrollaba pilotos para YouTube. Su visión iba varios pasos adelante.
Licenciada en Marketing, había entendido algo fundamental: Sharon no era solo una artista, era un producto construido con estrategia, identidad y trabajo. Sharon, La Hechicera era una marca que ella misma había creado. Entre sus nuevos planes estaban el cine, más actuación y seguir creciendo sin límites.
Pero mientras el escenario mostraba luces, había heridas que no se veían. Dependencia emocional, violencia psicológica y control económico marcaron una relación que, con el tiempo, terminó en tragedia. La justicia determinó que Sharon fue asesinada por su conviviente, Geovanny López, en una carretera de la provincia de Santa Elena, tras una presentación de fin de año.
El fallo judicial estableció que fue empujada, sufrió una mortal fractura en la base del cráneo y fue arrastrada por un vehículo. La sentencia fue contundente: femicidio y 26 años de prisión para López, padre de su hijo menor.
El caso sacudió al país. No solo por la figura pública que Sharon representaba, sino porque marcó un precedente. Mensajes de texto, pericias técnicas, manejo de las finanzas y antecedentes de violencia resultaron determinantes para demostrar que no se trató de un accidente.
“Se hizo justicia”, afirma su hija, Samantha Grey. “Y también dejó una enseñanza: hay cosas que no deben normalizarse”.

El recuerdo de otros artistas
Desde la escena musical, Jazmín, La Tumbadora, recuerda a Sharon con respeto y admiración. Aclara que la supuesta rivalidad entre ambas fue únicamente comercial y que, lejos de ser negativa, las mantuvo vigentes. “Gracias a esa rivalidad siempre estuvimos en la palestra”, afirma.
Sostiene que fueron los medios quienes alimentaron la idea de un enfrentamiento, pues en lo personal se saludaban, intercambiaban ideas y quedaron pendientes “muchas tazas de café que por tiempo no pudimos cumplir”. La describe primero como ser humano: una mujer que disfrutaba su maternidad mientras grababa nuevos temas para volver a posicionarse. “Ella trabajaba muy duro para ser otra vez la número uno”, recuerda.
Su muerte inesperada causó sorpresa y profundo dolor en el gremio artístico. “No creíamos lo que había pasado”, confiesa. Aunque no eran cercanas, reconoce que Sharon era exigente con su vestuario y sus shows, persistente, disciplinada y decidida. “Golpeaba puertas y muchos artistas le aplaudimos su esfuerzo. Ella logró lo que quería”, concluye, destacando el legado que dejó para las nuevas generaciones de mujeres en la música.

Desde la voz de Franklin Purcachi, líder de D Franklin Band, los recuerdos de Sharon llegan cargados de emoción y gratitud. La describe como una mujer de alegría contagiosa y una persona magnífica, auténtica dentro y fuera del escenario. Sharon era fan de la agrupación y soñaba con grabar un tema junto a ellos, un anhelo que se concretó en Dolencias, canción que grabaron en un pequeño pueblo de Samborondón.
Entre sonrisas, Purcachi recuerda que a Sharon le gustaba ese lugar porque le permitía mostrarse tal cual era, siempre pensando en su público. Al evocarla, la emoción es inevitable: habla de largas conversaciones familiares, de una visión clara que le permitió hacer música exitosa y de una creatividad que nacía desde lo más profundo. “Todo nacía de ella”, afirma.
Sharon llegó incluso a visitar su casa con su bebé en brazos y, con naturalidad, se hizo parte de su familia, construyendo una relación basada en el respeto mutuo. Entre sus planes también estaba incursionar en el cine; soñaba con una película que nunca pudo concretarse, pero en la que ya había invitado a Franklin Band a participar.
Purcachi destaca su humildad y solidaridad: en su barrio siempre fue reconocida por ayudar a quien lo necesitaba. Musicalmente, aunque no tenía formación académica, poseía una buena voz y una afinación precisa que se adaptaba a los arreglos que requerían sus canciones. Sharon sabía elegir covers, reinventarlos y darles un sello propio, haciendo valer la música ecuatoriana. “Fue una embajadora de nuestra música”, concluye.

Once años después
La madre de Sharon aún la escucha camino al mercado. Sus canciones la acompañan en silencio y, en estas fechas, la nostalgia la invade hasta las lágrimas. “Hay una canción que dice ‘no quiero que lloren si me muero’. Esa canción me pone muy nostálgica”, confiesa Edith.
Y es que en Durán, donde reposan sus restos, cada 4 de enero se vive como si Sharon nunca se hubiera ido. Sus fans se reúnen en el cementerio para cantarle, llevarle flores y hacerla sonar. Once años después, la Diva del Ecuador sigue convocando multitudes.
Samantha Grey la recuerda entre risas y nostalgia, según el día. La actriz y presentadora reconoce que su madre continúa siendo su mayor inspiración profesional y personal. “Siempre hago cosas que a ella la harían sentir orgullosa”, dice.

La muerte de Sharon también fortaleció la fe de su hija, una fe que la sostuvo cuando el duelo parecía imposible. Porque Sharon no fue solo una artista: fue madre, hija, hermana, esposa. Fue la que reunía a la familia, la que soñaba en grande, la que nunca dejó de trabajar.
Sharon se hizo sola. Se abrió camino a fuerza de esfuerzo y disciplina, y pasó a la historia sin atajos. Y aunque muchos creyeron que la tragedia la silenciaría, su voz sigue ahí. Suena en cada fiesta, en cada recuerdo, en cada canción que se niega a morir. Porque la muerte no acabó con su legado: lo volvió eterno.
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