La vocación religiosa se pone a prueba en el seminario

- 02 de enero de 2019 - 00:00
Las clases son intensas, por ello es necesario poner mucha atención a las instrucciones de los docentes.
Fotos: César Muñoz / EL TELÉGRAFO

Este proceso de formación permite al joven crecer y madurar en su respuesta a la llamada que Dios le hace. Este don especial, Dios lo da a quien quiere y desea servir al prójimo.

Se entiende como vocación a la inclinación o interés que una persona siente para dedicarse a un determinado estilo de vida. Precisamente de eso se trata el sacerdocio, según el religioso y vicerrector del Seminario Mayor de Guayaquil, John Patricio Maruri Morán. Para él,  no todos quienes aspiran a una vida dedicada al sacerdocio están hechos para ello.

“Se busca que cada aspirante tenga un alto grado de madurez para que pueda afrontar todo lo que demanda la formación”.

Maruri hace énfasis en que un aspirante debe tener claro lo que quiere en su vida. Por ejemplo, menciona que existen jóvenes que luego de ir a un retiro espiritual sienten el deseo de servir y eso genera que se confundan con la vocación.

En 2018 ingresaron 16 seminaristas; para 2019 no hay un prerregistro.

Francisco Carrera y Jefferson Tenempaguay, dos seminaristas, revisan textos religiosos durante un receso, antes de continuar con las clases. 

“La cifra todavía no la tenemos, varía cada año”, explica Maruri.

Además, comenta que, en los 7 años que dura el seminario para ser sacerdote, el número de quienes concluyen el proceso puede variar.

“Existen grupos numerosos, que disminuyen con el tiempo; y pequeños, que se mantienen hasta el final”.

 La línea formativa va desde el lado espiritual, intelectual, humano y pastoral. Todo como una amalgama de saberes y habilidades que le permitirán al postulante aprovechar todos los conocimientos para llevar con éxito el nuevo proyecto de vida.

Es decir que estos jóvenes aspirantes a sacerdotes deben comprometerse para servir a los demás, ante todo.

Maruri también refiere que el estudiante asume el compromiso de reserva, es decir, guardarse para Dios y para sí mismo.

Por ello, se requiere que los aspirantes que ingresan al seminario -cuyas edades bordean los 18 y 25 años- no tengan familia porque la entrega a Dios es completa.

Bajo esta premisa, el aprendiz tiene claro que el sexo y el matrimonio no ocuparán un lugar en su vida, y que, al contrario, la castidad y la abstinencia pasarán a ser cualidades principales.

Maruri enfatiza que la vocación implica configurarse como Jesús y que Cristo no se casó. “No casarnos ayuda a cumplir la misión que el Señor nos pide porque para quien se casa, su primera responsabilidad siempre será la familia”.

Entre las labores que deben cumplir los seminaristas están las pastorales. Deben visitar hospitales, asilos y comunidades, procurando siempre compartir el consuelo y la esperanza con quien no los tiene.

El padre José Carlos Tuárez Zambrano dice que los aspirantes al sacerdocio ingresan a un voluntariado, en donde se comparte con los más pobres. “Después se pasa al noviciado. En esta parte nos hacen conocer la orden a la que uno se debe, y a entender los votos de pobreza, castidad y obediencia”.

Además se estudia teología y sus corrientes. También se aprende demonología, comenta José Tuárez. 

Pero no solo los hombres optan por una vida religiosa; las mujeres también ocupan un lugar muy importante dentro del camino de fe.

Maricel Valdés Lugo, madre superiora del asilo de ancianos Hospicio Corazón de Jesús, dice que la vida de una religiosa conlleva una conexión con lo divino. “Así como cierto grado de satisfacción espiritual mediante la fe, para superar el sufrimiento y alcanzar la felicidad”. Afirma que, para ser religiosa, la edad adecuada es 18 años, ya que ahí “una joven sabe lo que quiere”.

El  proceso se desarrolla por etapas y puede tardar hasta 10 años.

El promedio de jóvenes que ingresan a la formación espiritual es de cinco a seis por año, y aclara que, como en todo proceso de formación, algunos se retiran, “por ello es necesario que quien opte por ser religioso lo haga con absoluta vocación”. (I)  

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