La vida cotidiana transcurre jugando en la chacra

- 02 de abril de 2018 - 00:00
Fotos: Miguel Arévalo / El Tiempo

En esta comunidad azuaya existe un contacto muy cercano con la naturaleza. Niños y jóvenes habitan lejos del mundanal ruido de las grandes ciudades y de la tecnología.

La infancia en la comunidad Cahuazhún Grande, en Gualaceo, es completamente distinta a la que podría vivir un niño de la ciudad. Allá no hay internet y la televisión tampoco suele llamar la atención de los pequeños, que prefieren aprender a arrear ganado, arar la tierra, encender la tullpa -fogón-, conocer las propiedades de las plantas y curar los males como el mal aire, el mal de ojo o el espanto.

En la escuela Miguel Ignacio Cordero, ubicada en la comunidad, pasan la tarde los jóvenes de décimo grado y entre estudios de Matemáticas que aprenden con el uso de la taptana -ábaco andino- llevan sus experiencias de vida que comparten con  sus compañeros y profesores.

Luisa Pichizaca, profesora de la institución, conversa con ellos a menudo acerca de las etapas de la Luna, la época en que se siembra y la que no, y cómo se debe arar.

Niños y jóvenes de esta comunidad pasan sus días jugando. Ellos no requieren de juguetes ni sofisticados aparatos para distraerse.

“Es interesante que en Ciencias Naturales veamos estos temas. Ellos aprenden rápido y fácil porque ya lo han experimentado, ayudando a sus padres”, asegura la profesora.

Wilson Taday tiene 16 años, lleva puesto su uniforme colegial, está en medio de sus compañeros y no duda en contar como es un día para él. Se levanta temprano, sale con sus hermanos a arrear los becerros, las vacas y los toros,  camina más de 3 kilómetros hasta que los deja en un sitio en donde pueden comer y beber.

“Por el camino mi hermano y yo sabemos ir molestándonos, corremos y nos divertimos”, asegura el joven quien desde muy niño también aprendió cómo trabajar la tierra y prepararla para la siembra.

Aunque desde hace un año ayuda a que los toros lleven las yuntas y aren bien, pues es un trabajo pesado.

Desde que tenía 9 años solía observar detenidamente cómo era el proceso. Le gustaba y siempre quiere ayudar a su padre.

En septiembre y octubre, cuando empiezan las lluvias, inicia la siembra. Y en julio cosechan.

Participa de estas actividades en las que también hacen fiestas. También aprende de su madre, sabe de plantas medicinales y cómo aliviar dolencias. Para divertirse juega con el trompo, el palo ensebado e índor, uno de los deportes que más disfruta.

Lourdes Lucero, en cambio, hace otras tareas. Ayuda a su madre con los quehaceres del hogar, como preparar el desayuno, limpiar la casa y sembrar. Dentro de la cosmovisión andina se contempla que es cuestión de mujeres plantar las semillas.

A las 10:00 suele caminar media hora para llevar a los animales a que se alimenten y regresa para entrar a clases a las 13:00. Su abuela es una de las curanderas más reconocidas del sector.

Se encarga de curar enfermedades en los niños y sabe hacer remedios con las plantas medicinales.

Lucero aprende a diario de su abuela y explica cómo se debe curar el mal aire.

“Cuando a usted le ha dolido toditico el cuerpo, eso es mal aire”, dice, y asevera que se debe usar ruda, eucalipto, Santa María e hinojo para fregarlo en el cuerpo. “Es un remedio maravilloso”.

Los niños que viven en las comunidades indígenas suelen jugar con todo lo que hay a su alrededor, al tiempo que aprenden y trabajan.

Los padres necesitan ayuda en las labores del campo porque son tareas que requieren mucho esfuerzo y varias manos.

Entre risas, los compañeros de estudios de Taday y Lucero aseguran que les gusta vivir en la comunidad y que han estado recuperando la celebración de los cuatro Raymis, que son las fiestas más importantes de la cultura andina. (I)  

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