Valentina Esperanza, la bendición del hospital de la Policía

06 de agosto de 2020 - 00:00
Cortesía Policía Nacional

La noche del viernes 10 de julio de 2020, el coronel Javier Buitrón, director del Hospital de la Policía en Quito, empezó a vivir una de las experiencias más conmovedoras de su existencia.

Ese día se enteró de que el cabo Alejandro Escobar, que presta servicios en Tena y que allí trata de recuperarse del covid-19, tenía otro problema grave: su esposa, Erika, de 31 años, que se encontraba en la Amazonía, agonizaba por el coronavirus y había que intentar salvarla, pues, además, estaba embarazada de su primera niña.

El director trató de hacer lo imposible, pero aunque no había espacio en las áreas más conflictivas del hospital les dijo a los familiares de Erika que la llevaran a la casa de salud, que él gestionaría la atención.

Hizo un espacio en las salas de Unidad de Cuidados Intensivos (UCI) y,  dirigió personalmente la atención a la paciente, pero ya era muy tarde: al día siguiente, cerca de las 12:00, Érika falleció sin conocer a la niña, de apenas 30 semanas, que acababa de nacer.

Javier dispuso que, de inmediato, se diera toda la atención a la bebé, pues por su fragilidad estaba a punto de morir asfixiada. En la UCI neonatal recibió los cuidados de los médicos y las enfermeras, se le puso una sonda orogástrica y se la empezó a alimentar de leche neonatal.

La niña soportó el impacto de todo lo que había ocurrido. En el hospital, médicos y enfermeras celebraron que se mantuviera con vida. Cuando fue a visitarla la familia de Alejandro y Érika decidieron llamarla Valentina, por el coraje y las ganas de vivir que mostró, pero el director del hospital, viéndola como una bendición de Dios para todos los enfermos que están internados, decidió llamarla Esperanza.

El padre de la niña, Alejandro, recibió a la distancia la noticia y fue como si un rayo de luz lo bañara de fe. 

Hoy, Valentina Esperanza recibe todos los cuidados posibles y aunque la acompañan ocho recién nacidos más, es quien más llama la atención porque cada movimiento y cada llanto parecen un símbolo de que se aferra a la vida. El mismo hecho de que no tenga covid-19, como su madre fallecida y su padre, quien está aún en Tena, ya es una señal de que la existencia le tiene reservado un futuro luminoso.

Javier la visita todos los días, sin fallarle nunca, a las 7 de la mañana y a las 7 de la noche, y pide a Dios que la mantenga sana y vital.

Mientras realiza sus labores diarias trata también de sostener con vida a Alejandro, que pronto vendrá al hospital de la Policía en Quito para recuperarse. “El cabo se moría y perdía saturación, pero hicimos lo posible porque no entrara en pánico cuando supiera que su esposa había muerto y que su pequeña, tan chiquita, ya era huérfana de madre”.

Valentina Esperanza lucha en el entorno de un hospital bien administrado, pero casi saturado por los contagiados por el virus. De 25 camas de UCI, Javier se ingenió para ampliar el recinto de 92 camas y agradecía, él también, a la vida: hace apenas un mes y una semana ocupa ese cargo y sobre él pesa una enorme responsabilidad.

Poco antes estuvo de agregado policial en los Estados Unidos, donde viven sus tres hijos  y reside en Quito con su esposa Gremne, de 44 años. Él tiene 48.

Dios sabe lo que hace -dice Javier- y estoy convencido de que nos envió a Valentina Esperanza para que todos aprendamos de su ejemplo, para que luchemos contra las adversidades, para que renovemos nuestra fe y nuestra capacidad de lucha como seres humanos”.

Para los pacientes del hospital también ha sido la llegada de un ángel. Se han motivado, se han llenado de optimismo y cuando tienen tiempo van a ver a la niña desde una distancia prudente.

Y no solo en el hospital: el director cuenta que el nacimiento de Valentina Esperanza ha concitado el interés de muchas personas de afuera. Unas quieren ayudarla económicamente, otras expresan su solidaridad con su padre, el cabo Escobar, a quien podrán saludar cuando en tres semanas ya esté en Quito, ojalá completamente recuperado.

El coronel Buitrón va más allá de lo que la gente siente y cree: ve a Valentina Esperanza como su hija y cree que es un símbolo de que vienen días buenos para nuestra sociedad, de que pronto pasará todo este dolor colectivo y volveremos a abrazarnos como una nueva humanidad. (I)

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