Fátima, comerciante ambulante

“A mi hija la obligaron a prostituirse y luego la asesinaron”

- 17 de marzo de 2019 - 00:00

→La madre de Carolina contó su historia. A los 13 fue atrapada por un joven de 21 años que le enseñó a robar, la indujo a vender droga y la prostituyó. Él hace lo mismo con otras adolescentes de colegios de Quito. Un día su hija desapareció y no regresó nunca más. La Policía la llamó para identificar su cadáver. Hasta ahora el caso no avanza y está en la impunidad.

La madre de Carolina contó su historia. A los 13 fue atrapada por un joven de 21 años que le enseñó a robar, la indujo a vender droga y la prostituyó. Él hace lo mismo con otras adolescentes de colegios de Quito. Un día su hija desapareció y no regresó nunca más. La Policía la llamó para identificar su cadáver. Hasta ahora el caso no avanza y está en la impunidad.

“Mi hija, Carolina, de 13 años, estudiaba en el colegio Eloy Alfaro. Ella empezó a ser rebelde y a bajar en las notas. Yo soy una persona pobre, mi esposo trabaja en un taxi y tenemos otros dos hijos. En abril de 2017, me encontré con la novedad de que mi hija no había ido ochos días a clases. Lo supe porque olvidé el celular en la casa y fui a buscarlo. Allí vi que tenía un montón de llamadas perdidas de su profesora.

Mi hija supo que me avisaron y esa noche no regresó a casa. No supe dónde pedir ayuda, así que pregunté a sus amigas. El lunes fui al trabajo, yo era auxiliar de archivo en una empresa privada.   

Ese día acudí a su colegio porque sus amistades me dijeron que ella iría para allá. La encontré con otra chica, menor de edad. Le dije: “¿por qué haces eso? ¿Por qué no vienes a las clases?”. Ella me contó que la tutora del grado le había dicho: “ya perdiste el año y si quieres asiste a clases o ya no vengas”.

Al día siguiente hablé con el rector y solucioné el problema. Él me dijo que debía igualarse en las materias y todos me ayudaron. Carolina volvió a casa y pasó el año.

En vacaciones dijo que no quería ir más a ese colegio. Ella tenía miedo. Yo le preguntaba el motivo pero no me decía nada o se enojaba conmigo. “Mami, no preguntes”, insistía con el cambio y lloró.

La matriculé en el colegio 12 de Octubre. Ella pasó un mes tranquila y contenta con los profesores. Pero en septiembre, otra vez, sin razón, se fue de la casa por tres o cuatro días. Puse una denuncia para que me ayudaran a localizarla.

Me dijeron que la encontraron, la fui a buscar y le pregunté lo que pasaba, pero  nunca me dijo nada. Se quedaba muda y yo insistía.  Ella  fue al colegio y no regresó en tres semanas.  

Tuve que renunciar al trabajo para pasar más tiempo con mi hija. Pero yo era el sustento de la casa, ayudo a mi esposo, así que empecé a hacer empanadas y me dediqué al comercio ambulante.

Ya no podía más y sospeché que algo pasaba con mi Carolina. Sus compañeras me contaron que mi hija estaba en malos pasos. “Está con alguien muy peligroso, no es solo su hija, sino también otras chicas”, me dijeron.

Puse la denuncia en la Dirección Nacional de Delitos contra la Vida, Desapariciones, Extorsión y Secuestros de Personas (Dinased), pero no la aceptaron porque mi hija era reincidente, o sea, acostumbraba a hacer eso.

Desesperada y llorando fui a la Fiscalía, pero  allí  tampoco  aceptaron mi denuncia. 

Fui a la Casa de Justicia y nadie me daba la razón. Yo iba todos los días a la Fiscalía en búsqueda de ayuda, incluso me acerqué a una funcionaria y le dije que a mi hija la llevaban por malos pasos y no pasó nada.

Mi hija dejó abierto el Facebook y allí me enteré de que le enseñaban a robar y a drogarse. Ella no era así y pedí ayuda pero nadie me tendió una mano.

Fui a la Defensoría Pública para internarla y tampoco hicieron nada. Me dijeron que contratara a un abogado particular hasta que una doctora me ayudó y me asignaron un agente de la Dinased para que la buscara.

La encontraron, estaba con  dos personas adultas. ¿Quiénes eran ellos? Mi hija  era más agresiva. Pedí ayuda para internarla porque ya no podía más y tenía miedo de que le pasara algo malo.

La jueza ordenó que la llevaran a un centro de rehabilitación para drogadictos y se quedó  allí cuatro meses. Pero los psicólogos me dijeron que mi hija no era adicta.

Salió a una visita terapéutica en la casa  y a probar cómo iba su relación con nosotros.  Después le hicieron un examen que dio positivo para marihuana. Se quedó en el centro y yo le pregunté: “¿Quiénes te  llevan a todo esto?”.  Nunca me dijo nada, era como una tumba. Me pidió perdón, lloró y repitió que no lo volvería a hacer.

Regresó a la casa, se escapó y desapareció dos semanas. Yo la buscaba todos los días.

Un amigo de ella me dijo que iba a ayudarme pero que no dijera su nombre y que le jurara que no lo delataría. “Ella está con una persona y le lleva por mal camino, capta niñas de 13 años, las enamora, emborracha y las vende a un extranjero viejo”. Otro día llamó y me contó que estaba al frente de la casa de ese hombre, que tiene 21 años y que las incautaba para vender drogas, robar y prostituirse. Fui allí y la encontré con otras adolescentes del centro de rehabilitación.

La llevé a casa, le pregunté quién era el tipo y no contestó. Le pedí que me dejara ayudarla. Pero ella no quería que investigara para evitar que nos hicieran daño.

El 25 de agosto pasé todo el día con ella; fuimos al sur a comprar una mochila, le di  mi celular, chateaba y reía.

Me dijo: “mami, me invitan a comer salchipapas unos amigos”. Y yo contesté: “¿quiénes son y por qué te invitan solo en la noche a comer?”. Ella me respondió: “confía en mí, no me pasará nada, sé defenderme, tranquila”. Le respondí: “ya es de noche, no te vayas”. Ella se fue y no regresó nunca más.

Al día siguiente fui al norte a buscarla y en un terreno baldío del Comité del Pueblo vi aglomeración de personas y la patrulla de Policía. No me dieron ganas de ir, tenía una preocupación horrible,  pensé que algo le había pasado. Me llamaron de la Dinased y fui allí. Les pregunté: “¿Qué pasó como mi hija?”.

Me  mostraron un video y reconocí al tipo que estaba con mi hija. Les describí cómo era ella y me enseñaron una foto de Carolina muerta.

 Nos dieron un documento con la causa de la muerte de mi hija: edema pulmonar, bronquitis aguda. Aparentemente, ¡mi hija murió de manera natural! Pero ella estaba sana. Retiramos el cadáver de mi niña, alcé la tapa del ataúd, vi golpes en su cara, en los labios y tenía lastimadas las manos. ¡A mi hija la mataron!

Pasaron más de 15 días y no me daban el informe médico. Para ellos su muerte no era delictiva, sino natural.

Averigüé por mi cuenta, me dijeron que la habían violado entre varios y le conté al fiscal Gualoto. Como se demoraron tanto, me armé de valor y puse la denuncia contra ellos.

Pasamos cuatro meses sin informes. Y cuando  los tuve decía que la muerte de mi hija había sido por causa natural. Pero el médico legista informó que fue una muerte violenta. Entonces, asignaron a otro agente de la Policía Judicial y se movió el caso. Había mayores y menores de edad involucrados en el asesinato de Carolina.

En una audiencia privada mostraron videos de la noche del asesinato. Fueron cuatro los  que la botaron a un terreno baldío. Uno era mayor de edad y los otros tres menores, entre ellos dos mujeres.

La defensora pública, Alexandra Pincha Veloz, me indignó porque les dijo que se fueran para no dar sus versiones. Recomendó que se acogieran al silencio. El crimen quedó en la impunidad, quisiera un abogado que no me cobre para que me ayude en la acusación. Me acerqué a Ernesto Pazmiño y dijo que no podía llevar mi caso porque defiende a los agresores. No confío en la justicia”. (I)   

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