La naturaleza regala su sonido a las bandas afroecuatorianas

17 de abril de 2020 00:00

Una hoja de naranjo, la cáscara hueca y seca de una calabaza, el bombo y las cornetas de penco son algunos instrumentos interpretados por los músicos que integran las Bandas Mochas, una expresión artística de la identidad afrodescendiente.

Una de las agrupaciones que está vigente es la Banda Mocha San Miguel de Chalguayacu, del cantón Pimampiro, provincia de Imbabura. Está conformada solo por hombres, la mayoría de ellos agricultores que han dedicado su vida a este arte para dejar a las nuevas generaciones un legado musical que lo mantienen más de cien años, pues ha pasado por tres generaciones.

Antaño, las fiestas se celebraban con orquestas en vivo. La potencia de los instrumentos y la voz de los artistas ponían el ritmo, pero en esa época en que las bandas populares eran muy apreciadas había músicos que no podían adquirir los instrumentos, pero su ingenio fue mayor y de elementos de la naturaleza dieron vida a sorprendentes instrumentos musicales.

Las cornetas de penco (cabuya), las hojas de naranja, los puros, como se conoce a la calabaza seca, e inclusive la mandíbula de un asno, dan a la Banda Mocha unos sonidos y timbres especiales y únicos en un repertorio tan variado, que abarca sanjuanitos, albazos, tonadas, pasacalles, hasta música incaica, huaynos y bombas.

Estas bandas son parte importante de los pueblos y caseríos a los que pertenecen pues animan las festividades, constituyéndose en el centro de la diversión.

Segundo Arsesio es miembro de la Banda Mocha San Miguel de Chalguayaco. Cuenta que aprendió a tocar el bajo (puro) desde los 14 años. “Aprendí viendo porque este oficio es de pura habilidad”.

Don Ursesino Carcelén formaba parte de la Banda Mocha de las Nieves (cambió de nombre porque tomaron como patrona a la Virgen de las Nieves, al igual que hicieron los de la banda de Chalguayaco, hoy llamada Banda Mocha San Miguel.

Los músicos lamentan que los jóvenes de hoy no aprecien esta forma de arte. (I)