Una mirada al reto de ser mujer, comunicadora y feminista

- 02 de junio de 2019 - 00:00
Tomado del blog de Catrina Tala

Tengo 20 años haciendo contenidos para televisión, teatro y hoy también para medios digitales. Sé que la televisión es el medio con la mayor penetración en los hogares de este país.

Cuando la gente dice que la sociedad es un reflejo de la televisión -y que por culpa de la televisión tenemos todos los males que tenemos-, yo me cuestiono si es al revés: los contenidos que más éxitos tienen son los que hacen que el espectador se reconozca… que diga “así hablamos”, “así soy yo”, “así actúo yo”. Por eso es fácil reírnos de los estereotipos, porque todo eso nos resulta familiar.

Podría decirse que tengo una posición de poder, pero vaya que me ha costado llegar allí. He tenido que acostumbrarme a cierta fama de “perra”, de “loca”, o de “bruja”, para ser escuchada en un mundo en el que las mujeres libres e inteligentes solo pueden serlo hasta un límite. Porque nos acostumbramos a que nadie puede tenerlo todo… y definitivamente una mujer menos que nadie.

Yo no sé si lo tengo todo, pero tengo conciencia del mundo en el que vivo y del que quiero dejarles a mis hijos. Y por supuesto que no es este, en el que millones de niñas son mutiladas, en el cada año 500.000 niñas menores de 18 años son víctimas de tráfico sexual, donde hay 72 millones de niñas que no van a la escuela, donde los Estados no solo no pueden proteger a las mujeres frente a la violencia, sino que además las obligan a parir contra su voluntad embarazos producto de una violación sexual.

Desde mis espacios hablo libremente de la realidad para que a nadie se le olvide que en este mundo los LGBTI, las mujeres, las niñas, son, antes que nada, seres humanos que merecen libertad y respeto. Que las mujeres no tienen la culpa de que las acosen o las maten, que las niñas son niñas y no madres, que están violando a nuestras hijas en nuestras casas, en las escuelas, en las iglesias.

Depende solo de nosotros decidir si seguimos tapándonos los ojos con prejuicios de cualquier índole, o si escogemos abrir nuestra perspectiva a nuevas posibilidades que nos guíen hacia una sociedad que abrace en lugar de rechazar, que proteja en lugar de abusar, que escuche en lugar de señalar, que prefiera la libertad que da el quitarse los límites autoimpuestos, a cuestionarse uno mismo y no al resto.

Solo si hacemos el ejercicio, cada uno, de repensarnos y reconstruirnos infinitamente lograremos ser una mejor sociedad.

Comprendo que me tocó vivir en esta era, ser mujer y ser madre en esta era, ser comunicadora en esta era, para poner sobre todas las mesas los temas de los que no se quiere hablar. Asumo esta responsabilidad. (I) 

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