Leyendas sobre el "oro" alrededor del Cojitambo son generacionales

- 30 de abril de 2019 - 00:00

Las historias mitológicas alcanzan incluso a aquel material que se trasladaba de Quito a Perú para pagar el rescate de Atahualpa, cautivo de los españoles. Se le suman la de la gallina y los pollitos, además de la del señor Rivera.

Mario Peralta, de 47 años, recuerda los relatos de sus padres y abuelos sobre las ruinas del Cojitambo. “Ellos decían que el cerro es rico porque tiene oro, pero que el oro no les llega a todos”.

A pesar de su edad está convencido de la veracidad de las historias que escuchó desde que era niño y hoy transmite a las nuevas generaciones.

Las ruinas del Cojitambo, hoy llamado Complejo Arqueológico, están localizadas junto al majestuoso cerro con el mismo nombre.

Compuesto por voces kichwas como “Curi” que significa oro y “Tampu” o “Tambo” que es depósito o descanso, el Cojitambo se interpreta como “un lugar de descanso” o “un lugar de depósito de oro”.

Mario menciona que en los terrenos aledaños a las ruinas hace décadas se sembraba maíz y había un señor de apellido Rivera (propietario del cultivo) que cuando pasaba la yunta le salían las barras de oro.

Rivera es el apellido vinculado, desde tiempos antiguos, a la famosa “Leyenda del oro”, transmitida de generación en generación.

“Mis abuelitos me contaban que el señor sacaba el oro y lo enterraba en su casa, él era una persona sola y ya murió”, señala.

La leyenda del oro
Mario también recuerda la “leyenda del oro vivo”.

“Conversaban mis abuelos que había una gallina con sus pollitos, pero no eran pollitos: era el oro vivo. La gente antigua decía que para cogerlos debían sacarse el abrigo o el chal y tapar a los pollitos, luego con una vara larga tenían que retirar eso de encima y podían llevarse el oro”.

No obstante advierte que si la persona retiraba el abrigo con la mano “le cogía un aire malo y podía morirse”.

Las leyendas alcanzan incluso a aquel oro que se trasladaba de Quito a Perú para pagar el rescate de Atahualpa, cautivo de los españoles.

“Ese cuarto de oro que ofreció Atahualpa, se dice que está entre los túneles del ‘mashu juctu’ (cueva de murciélagos en kichwa), alrededor del Cojitambo”, detalla Mario.

Referente a esta leyenda, Delia Calle, de 87 años, y conocedora de la tradición oral, dice que en el “mashu juctu” hay dos caminos subterráneos, uno que sale a Guayaquil y otro a Quito.

Wilson García Castillo, quien efectuó una investigación sobre las ruinas, señala que “el oro habría sido escondido por Rumiñahui en unión de sus cargadores con el fin de no dejar testigos”. Pero “no es más que una leyenda”, recalca.

Del “mashu juctu”, la gente ha creado mitos y leyendas. Se dice que allí vive la madre del cerro la “mama huaca”, que custodia el oro. “Es un lugar atractivo por su carácter místico. Se trata de una bóveda subterránea que avanza unos 40 metros”.

Sin embargo,  J. Heriberto Rojas señala en su libro ‘Lugares de turismo en la provincia del Cañar’ que en ese punto se pierde la dimensión y se termina la luz, para encontrarse en el recóndito silencio de la cueva.

Construcciones de piedra
El sitio arqueológico del Cojitambo, localizado a siete kilómetros al oeste de la ciudad de Azogues, en la provincia del Cañar, está a una altura de 3.085 metros sobre el nivel del mar y posee un área de 52 hectáreas.

Las ruinas comprenden un conjunto de construcciones de piedra, emplazadas en la ladera norte del cerro. Los vestigios se distribuyen en una terraza natural colindante con la cima. Se observan terraplenes consolidados con muros de piedra, estructuras habitacionales, colcas o depósitos, muros y un tramo del Cápac Ñan.

En la parte baja había una plaza con un “ushnu”, en donde se realizaban los rituales, sacrificios y se entregaban ofrendas. Ahora ahí existe un pozo de agua con forma circular y revestido de piedra. (I)   

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