Salinas de Guaranda cuenta su historia a través de la extracción de sal

- 17 de enero de 2019 - 00:00
Además de brotar permanentemente de las paredes del peñón, el agua salada es almacenada a diario en las piscinas naturales que se formaron con los años en la parte alta de la roca.
Fotos: Roberto Chávez | EL TELÉGRAFO

Salinas de los Tomabelas cuenta su historia a través de la extracción de este recurso natural, el cual brota de un enorme peñón. La venta de quesos es típica en la zona.

Pilahuín, Pallatanga y Baños de Agua Santa, ¿qué tienen en común estos tres pueblitos de la Serranía ecuatoriana? Todos se dan a conocer por productos agrícolas insignes que se siembran en sus tierras o, a su vez, que brotan de las entrañas del subsuelo.

Estos son el ajo, el fréjol y las salutíferas aguas termales, respectivamente. Sin embargo, no son las únicas poblaciones del país en las que un elemento natural las caracteriza por completo.

Salinas de los Tomabelas, una de las ocho parroquias rurales de Guaranda, capital de la provincia de Bolívar, es otro claro ejemplo. También se la conoce como Salinas de Guaranda.

Según textos históricos es cuna de una de las etnias indígenas más grandes de la Sierra centro (Tomabela) y hace cuatro décadas se convirtió en referente de emprendimientos prósperos, como fábricas de queso, chocolate y embutidos.

Vicenta Masaquiza es una de las pocas mujeres de Salinas que aún se dedica al procesamiento de la sal y su expendio en las ferias de los domingos.

Además de los telares que aún utilizan técnicas tradicionales y talleres de confección de balones y hamacas.

Importancia de la sal
No obstante, lo que caracteriza a este acogedor y, a la vez, extraordinario pueblito, son sus milenarias y caprichosas minas de sal.

El producto brota permanentemente en forma de viscoso líquido de color marrón, desde las porosas paredes de un enorme, llamativo y  agreste peñón, ubicado a la entrada de la localidad.

De acuerdo a Francisco Jiménez, catedrático quiteño y residente temporal, este recurso es el motor de Salinas.

“El nombre de la localidad fue acuñado debido a la abundancia del producto. Pese a que hay pocas personas que hoy en día se dedican a extraerlo, procesarlo y expenderlo, hace cuatro décadas esta actividad era la principal fuente de ingreso de las familias”, señaló Jiménez.

Casi en todos los portones de las viviendas del lugar, edificadas hace casi un siglo, se exhibe una bolsa transparente llena del blanco polvo.

“Esto sirve para evitar el ingreso de moscas y otros insectos. Empero, los abuelitos afirman que además es efectivo para ahuyentar los  malos espíritus, los cuales, según leyendas locales, habitan y de vez en cuando bajan, en los solitarios, imponentes y fríos farallones que rodean Salinas”, aseguró Vicenta Masaquiza, productora de sal.

El grumoso polvo blanco forma parte de la identidad de Salinas, en cuyas viviendas es exhibido en bolsas transparentes para ahuyentar los insectos.  

Ella es una de las pocas mujeres que se dedican a esta labor. Es heredera de la misma, pues su bisabuela, abuela y madre trabajaron toda su vida en las minas.

Historia de la parroquia
Fue fundada como villa en 1884, en el gobierno de José María Plácido Caamaño. Según textos antiguos, antes de la llegada de los españoles las minas pertenecieron al cacicazgo de los Tomabelas.

La comercialización del producto se realizaba en los mercados aledaños, bajo la modalidad del trueque. Cambiaban sal por legumbres, granos, frutas, ganado, textiles, entre otros productos.

La población fue constituida oficialmente en 1884. Pese a la fuerte presencia de los colonos en la zona andina, allí  por más de 300 años casi no hubo mestizaje.

De acuerdo a relatos locales, el enorme peñón salino apareció tras un fuerte sismo. Al parecer, después del remezón se abrió una brecha subterránea que conecta con el océano Pacífico.

“Sea cual sea su origen, las minas fueron, son y serán el mayor atractivo de nuestra parroquia”, manifestó Masaquiza. (I)

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