Los cerros de Cumbe guardan mitos y leyendas

- 15 de enero de 2019 - 00:00
Foto: Caroline Power

De acuerdo con la tradición oral, los incas enterraron oro y cerámica en la elevación de Cauzhin. De Mirin se cuenta que tiene un cráter que es la entrada subterránea.

La parroquia Cumbe es considerada tierra de grandes mitos y leyendas, en las que se fusionan la naturaleza, la tradición y la cultura heredada desde tiempos ancestrales.

Rodeada por los cerros Pillachiquir y Tinajillas al sur; Calvario y Cauzhin al este; Mirin y Mamacu al oeste, Cumbe guarda historias de magia y encanto que se desprenden de cada montaña y que son contadas por sus habitantes.

Jaime Chinchilima, quien ha dedicado más de 20 años de su vida a recoger la tradición oral milenaria de su natal Cumbe, señala que el cerro Cauzhin es considerado un pucará, este término hace referencia a una fortaleza precolombina, que generalmente es construida con gruesos muros de pirca.

Según los antiguos, en el Cauzhin los incas enterraron objetos de oro y cerámica con el fin de resguardarlos en la época en que llegaron los españoles. Debido a esta leyenda, se ha dado el huaqueo (saqueo de un yacimiento arqueológico), principal actividad que ha causado el deterioro de esta montaña, según el Instituto Nacional de Patrimonio Cultural, INPC.

Los recorridos
El investigador Jaime Chinchilima fue el guía en Cumbe del primer Circuito Integral de Cerros Ancestrales, que se desarrolló en septiembre pasado, por cerros como el Baguanchi, Shisho, Nascario, Calvario y Mirin.

Precisamente, este último es protagonista de otra milenaria leyenda.

“Se dice que el cerro Mirin tiene una especie de cráter o hueco, donde existe una piedra que parece el rostro del demonio. Allí se encuentra la entrada a un camino subterráneo, el cual ‘está unido’ a otra entrada, en la cima del cerro Pillachiquir”.

Las historias
Según el INPC, los “relatos de gente que dice haber entrado a estos espacios subterráneos y las alusiones a lo que sucede allí dentro, tienen que ver con el demonio y apariciones”.

De acuerdo con las investigaciones de Chinchilima, el cerro Mirin, vocablo cañari que significa oído, estaba conectado con el Cauzhin, que era “la boca desde donde se hablaba al Mirin”.

Del cerro Pillaquichir también se dice que “es la morada de la huaca, que aparece sentada con su peine de oro a quienes caminan por el cerro”.

Chinchilima recoge estas y otras historias en el libro Hacia el Camino Sinfín: Cuentos, Utopías, Memorias, Bondades y Encantamientos, que contiene relatos sobre sitios sagrados, el agua y sus encantos y apariciones de demonios, entre otros.

El investigador Chinchilima manifestó que las leyendas están estrechamente ligadas a la historia e identidad de los pueblos.

Una de las 75 historias que relata Chinchilima en su obra Hacia el Camino Sinfín es “El espíritu del cerro”. Cuenta que  una mañana de sol reluciente y  cielo despejado, el sacerdote Luis Sarmiento Abad, quien acostumbraba a salir en expediciones hacia diferentes sitios, de manera especial a los espacios sagrados sobre los cuales la gente narraba historias, se encaminó a la cima del Cauzhin con dos punkas, personas que trabajan en el convento al servicio del párroco.

Aquel día iniciaron una excavación en la planicie, la tierra parecía arena por su suavidad. Cuando el hoyo alcanzó una profundidad de cuatro metros se encontraron con una enorme piedra plancha, que al golpearla con la barreta retumbó.

Intentaron mover la roca y mientras forcejeaban, de la nada se hizo presente un aguacero acompañado de una feroz ventisca, al instante llegó un huracán que los aventó afuera del agujero.

Asustados huyeron de aquel sitio. Sin embargo, al día siguiente, Sarmiento con los punkas retomó la excavación; anhelaba sustraerse el tesoro escondido bajo las tierras movedizas.

Llegaron al lugar, pero no encontraron rastro alguno.

El asombroso encantamiento suscitado aquel día fue interpretado como una poderosa protección del espíritu del cerro para defender el oro y los tesoros que se encontraban al interior, en sus entrañas mismas, “un gran disco dorado, un sol de oro que decían eran el corazón del espiral de los aborígenes cañaris”. (I)      

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