El vínculo entre bomberos se afianza tanto al cocinar como en emergencias

- 22 de septiembre de 2019 - 00:00
Uno de los paramédicos comparte con su hijo un momento. Para padres y madres bomberos es difícil dejar a la familia, pero saben que es su responsabilidad ayudar a otros.
Foto: Carina Acosta / ET

La época seca que termina en Quito obliga al Cuerpo de Bomberos a mantener jornadas más extensas de trabajo. La estación de las calles Vintimilla y Juan León Mera, en el norte de la ciudad, se ha convertido en un segundo hogar.

La sirena sonó cerca de las 04:00. Inmediatamente cuatro cuerpos saltaron de las camas, se equiparon y salieron en el vehículo de emergencia hacia la av. González Suárez, en el norte de Quito.

Una mujer de la tercera edad tuvo problemas con el sistema para calentar agua, lo que provocó una nube de vapor en la vivienda.

La ayuda se extendió hasta las 06:20. Al regresar a la Estación de Bomberos N°1 “Coronel Martín Reimberg”, ubicada en las calles Veintimilla y Reina Victoria, en la zona comercial y bancaria capitalina, no era momento de volver a la cama.

Como el resto del pelotón, el grupo de rescatistas se  sumó al trote matinal, una rutina diaria en la estación.

El subteniente Rafael Gallegos, segundo al mando en este turno, se dirige al segundo piso para ordenar su habitación y asearse.

A las 08:00 sus compañeros, a quienes considera su segunda familia, forman en el patio central. Allí reciben un reporte con las novedades del día, las guardias y responsabilidades.

Después del desayuno, como no se presenta ninguna emergencia, es momento de realizar trabajo administrativo, una tarea más bien de escritorio.

Cerca de las 10:00 todos entregan $ 3 a los encargados del rancho para comprar lo necesario para la alimentación del resto de la jornada: almuerzo, cena y desayuno. 

Cerca del mediodía, tres timbres de la sirena advierten a los paramédicos que deben acudir a una emergencia.

Se confirma un accidente de tránsito en el norte de la ciudad. En menos de tres minutos el personal está en el vehículo y sale para prestar su servicio. Transcurren cerca de 5 minutos más y regresan a la estación. El personal en el lugar del accidente puede realizar el trabajo, no necesitan su apoyo por ahora.

Cuando llegaron las compras quienes tienen el tiempo disponible colaboran en la preparación. Suben el volumen de la música y llenan grandes ollas con agua para preparar el arroz que deberá alcanzar para los poco más de 20 bomberos que aportaron.

El subteniente Gallegos por esta vez no participa de la preparación, no por su rango sino porque hay suficientes manos en la cocina.

Para él no fue fácil. La primera vez que estuvo a cargo de un grupo de personas mayores -no solo en edad sino  en experiencia- hacían bromas, le decían “el guagüito”.

Pero el respeto que siempre caracterizó a esas bromas le permiten tomar el mando cuando su superior debe ausentarse.

En poco tiempo contó con el apoyo de su segunda familia y, en especial, del bombero Édgar Michelena, quien con más de 30 años de servicio se convirtió en su mano derecha y en un segundo padre que lo aconseja, guía y ayuda.

Las diferencias de edad entre los miembros del pelotón no influyen en el impacto que tiene en cada uno las cosas que ven.

Situaciones dolorosas como el terremoto del 16 de abril de 2016 en Manta, cuando en una cadena humana sacaron uno a uno los restos de quienes fallecieron en el Centro Comercial Felipe Navarrete, siguen presentes.

A las 13:30 bajo la mirada del subteniente Gallegos todos se forman. Explican que no hay novedades y reciben el permiso para ir al comedor.

Todo está servido. Para cada uno un plato hondo con guatita, papas y un huevo duro. En otro arroz y lechuga, además de un gran recipiente con ají y avena para tomar.

En medio de la comida y la conversación se escuchan las primeras gotas de lluvia.

Terminan de comer y es momento de relajarse. Deben aprovechar porque es jueves y las noches del fin de semana son muy ajetreadas.

Pero eso ahora no les preocupa. Piensan en que ya habrá tiempo para ellos y sus familias cuando abandonen la estación el viernes en la mañana. Sin embargo, saben que a pesar de guardar en sus casilleros la casaca roja y el casco para pasar a ser otro civil: un bombero jamás dejará de serlo. (I)

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