América, el último cine “nopor” de la franciscana Quito

- 20 de enero de 2019 - 00:00
El teatro está ubicado en la intersección de la transitada avenida América y de la calle Asunción, en el centro de la capital. Está rodeado de negocios de venta de comida, de víveres, de diseño fotográfico, de un hostal y de boutiques.

La sala de cine para adultos funciona desde hace 30 años en el centro de la ciudad. Actualmente, recibe un promedio de 100 espectadores cada día en funciones continuas.

Una rubia con abrigo blanco camina por un parqueadero hacia un tipo con cara de malo. Hay pocos autos y la luz parece de un atardecer.

La cámara se concentra en sus tacos de aguja. Llega al hombre y en español de España le dice: “tú eras a quien buscaba”. Así empieza la cinta de la polaca Vivian Schmitt que abre la jornada del viernes  en el Teatro América de Quito, el único sobreviviente de los cines para adultos en la capital.

Desde hace 30 años, en la intersección de la transitada avenida América y la calle Asunción, funciona esta sala de cine. Si no la conoce no es fácil encontrarla. Su fachada de rosa pálido y ventanales rectangulares, rematados en un semicírculo, le dan la pinta de ser un lugar donde ensaya un coro. No tiene letreros luminosos y sus estrenos se difunden con mesura. En un cartel de madera pintado de rojo y con letras amarillas se anuncian los dos filmes que se rodarán todo el día y de manera interrumpida: “Nacidas para el placer” y “La Especialista”.

También recuerdan a sus clientes la obligación de portar cédula para verificar si ya tienen  18 años y, además, recomiendan de los beneficios de hacerse las pruebas de  VIH. A las 10:40, Jimmy abre las dos rejas metálicas para iniciar la función.

Él trabaja desde 1990 en el negocio de los cines. Primero estuvo en el desaparecido Fénix, que estaba abierto para todo público. Luego pasó al Granada y al Hollywood, donde solo proyectaban cine “nopor”. Todos eran parte de una misma empresa. De ellos, el afamado era el Hollywood, ubicado en el Centro Histórico, pero en noviembre del 2017 cerró sus puertas.

Katty fue a su última función y recuerda esa experiencia como entrar a un universo paralelo. Nunca se imaginó estar en el Hollywood viendo una película considerada un clásico, la italiana “El Matador”, y debatir en esas sillas sobre su incidencia en el cine triple X en  la cultura y en la industria a escala mundial.

El Granada se volvió un centro comercial y en el Hollywood se reúnen los devotos de una iglesia evangélica.

Jimmy está contento de que el América siga vivo. Junto a él trabajan César y María, ambos recelosos y de respuestas cortas.

La mujer es la encargada del bar de la entrada. Ahí  vende papas fritas, chifles, galletas, golosinas y gaseosas, pero las mercancías preferidas por la mayoría son el agua y los caramelos mentolados.

César se encarga de proyectar la película y de recibir las entradas de los clientes. Cada filme tiene una duración de más de una hora, pero  llegan en rollos de 20 minutos, por eso debe estar siempre atento para reemplazar la cinta y no escuchar las pifias de los espectadores.

Anécdotas tiene muchas: el susto cuando a un espectador le falló el corazón o cuando en la última función del 16 de abril del 2016 las butacas de madera empezaron a vibrar con fuerza. Todos salieron corriendo, era el terremoto de Manabí.

Jimmy también se encarga de la boletería del Teatro. En pocos minutos llegan los clientes; todos aparentan pasar los cincuenta años. Ellos pagan dos dólares por la función y al entrar a la sala  buscan asientos a mucha distancia uno del otro. En promedio, tienen 100 espectadores al día. Todos son hombres, la entrada de mujeres está estrictamente prohibida. Eso queda claro en los letreros de los dos baños que lucen pulcros. “¿Por qué no pueden entrar mujeres?, se le pregunta a César, quien en pocas palabras dice que es una regla de las autoridades. Luis Hernández ha sido vecino del cine en los últimos 15 años. Junto al Teatro  montó su negocio de fotos, videos y diseño. Él asegura que se siente tranquilo y que incluso su hijo creció jugando en la calle junto con el niño de la vendedora de caramelos que llegaba hasta el lugar. Pero dice que no faltan las personas que piensan que es un lugar lúgubre y que no desean ese negocio para su barrio y su franciscana ciudad. De a poco la fama del América ha cambiado. Luis ha sido testigo de turistas que se hacen fotos con la cartelera para tener un recuerdo de una especie en peligro de extinción. (I)  

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