5.000 alumnos con discapacidad visual están en planteles regulares

- 12 de febrero de 2019 - 00:00
Los estudiantes de la Escuela 9 de Agosto, de Quito, experimentaron la sensación de conocer la historia de la capital a través de texturas y sonidos. Hicieron el recorrido con los ojos vendados.
Foto: Miguel Jiménez / El Telégrafo

Universitarios crearon un espacio itinerante que ayuda a niños ciegos. El espacio lúdico cuenta la historia de Quito con texturas, sonidos y olores. Como parte de la inclusión que vive el grupo, las papeletas de votación se imprimirán en Braille.

Las personas que no ven tienen garantizada una educación especial y especializada, becas de educación superior, un turismo accesible, ser incluidos en lo laboral y también un servicio de transporte. Así lo contempla la Ley Orgánica de Discapacidades.

En Ecuador, de acuerdo con el Conadis hay 455.289 personas con algún tipo de discapacidad. Las personas ciegas representan el 11,47% de la población. En los adultos de 30 a 65 años se concentran los casos. Les siguen los adultos de 65 años. La población masculina es la más afectada.

Diana Banchón, presidenta de la Federación Nacional de Ciegos del Ecuador (Fence), destaca el avance en la inclusión en educación que ha tenido el grupo.

Asegura que en 2018, 5.000 niños y adolescentes con discapacidad visual fueron insertados en escuelas regulares públicas. “De acuerdo con el Ministerio de Educación, ha mejorado en el 80% la inclusión”.

Hace dos años hay docentes que dan acompañamiento a los estudiantes y también capacitan a otros profesores. Adelantó que en el transcurso de este año lectivo, entregará en coordinación con el Ministerio de Educación 200 tablets para alumnos de octavo a tercero de bachillerato que estudien en una escuela regular.

Además, los planteles serán dotados de textos impresos en Braille ábaco para matemáticas y música.

Para la docente Fresia Rodríguez, coordinadora de la unidad Fasinarm, hay un mayor acceso a la educación para los niños con discapacidad visual y baja visión. Recuerda que con la Misión Manuela Espejo el grupo se benefició con bastones, grabadoras y relojes parlantes. Ahora las entregas de estas ayudas técnicas las realizan Las Manuelas del Plan Toda una Vida.

Banchón, quien desde los siete años perdió la visión por un daño congénito y creció con el sistema Braille y apoyo de la tecnología, considera que hace falta trabajar en la inclusión laboral, en el turismo accesible y en los derechos de los descuentos.

“Mi condición no fue una limitación para graduarme y ser una profesional. Tengo compañeros funcionarios, un juez de la Niñez y Adolescencia o que dan clases, pero existe un favoritismo para dar trabajo a personas con otro tipo de discapacidad física”.

Los avances de la inclusión para este grupo también se verán reflejados en este proceso electoral.

Según Banchón, serán impresas 5.000 papeletas con el sistema Braille, que permitirán el voto inclusivo. Recientemente, Apple presentó los nuevos íconos de emojis en donde se incluyeron a personas con bastones, perros guías, otras en sillas de ruedas, orejas con audífonos y brazos mecánicos.

Con formas geométricas los visitantes reconstruyeron la ciudad.Con formas geométricas los visitantes reconstruyeron la ciudad. Foto: Miguel Jiménez / El Telégrafo

Espacio itinerante

Las personas que no ven han sido un tema de interés para  el diseño de proyectos en Universidades. Uno reciente fue el que crearon los estudiantes capitalinos de las carreras de Sonido y Arquitectura de la Universidad de las Américas (UDLA). Se trata de un espacio cultural itinerante para los menores de edad con discapacidad visual.

El proyecto muestra la historia de Quito y su renacer, a través de tres sentidos (tacto, oído y olfato).

A la iniciativa piloto acudieron los estudiantes de la escuela 9 de Agosto. Ellos recorrieron el sitio con los ojos vendados para que experimenten la sensación de las personas que no pueden ver. Muchos sintieron temor y no querían dar ni un paso sin que el guía los tome de la mano.

Ellos recorrieron descalzos el sitio para sentir por medio de sus pies los diferentes materiales distribuidos en el piso, que reconstruyen una etapa del pasado del cantón. “Me da miedo caminar porque creo que me voy a caer”, expresó Anahí Quinte, de 10 años.

Hojas, ramas de diferente textura colgadas y césped sintético recrearon la naturaleza que predominaba en antaño, cuando los Quitus se aposentaron en este territorio.

Mientras las manos de los pequeños acariciaban la vegetación, en los audífonos que tenían puestos una voz les relató la historia de la ciudad y de sus primeros habitantes. “Ellos no fueron responsables con el medio ambiente, por lo que el dios Inti los castigó con lluvias”, contó un narrador.

Las novedades

En el segundo momento, los chicos experimentaron una transición al contacto con el agua. El recurso hídrico generó nuevos tipos de sonidos para apaciguarlos. Eso calmó a la mayoría y se mostraron listos para experimentar. El momento más vibrante, que a varios causó espanto, fue el correspondiente a las erupciones.

Los paisajes sonoros recrearon las erupciones del Rucu y del Guagua Pichincha, que casi destruyeron la ciudad hace cinco siglos.

La narración se acompañó de sensores en el piso que se activaban con el movimiento para hacer todo aún más real. También brindaron cierto nivel de calor para asemejarlo a la temperatura que deja la erupción. Todo se complementó con el piso lastrado y rocoso, algo desnivelado, que les dio la sensación de grietas.

Finalmente, el paseo concluyó. Los estudiantes vivieron la reconstrucción de la ciudad, a través de elementos geométricos de madera que debían calzar en el molde correspondiente para simular la edificación de la ciudad.

“Me gustó mucho todo el recorrido porque pude valorar el esfuerzo que hacen las personas que no ven para moverse en este mundo”, dijo el alumno Steven Saldarriaga.

Un proyecto interactivo

Hace dos años nació la idea de los estudiantes para generar espacios lúdicos donde los sonidos sean la parte fundamental. Ellos viajaron a distintos puntos del país para recolectar los ruidos de la naturaleza y acoplarlos armónicamente con la historia.

Luego se juntaron con sus compañeros de Arquitectura, que los ayudaron con el diseño de los espacios en el proyecto Uyuay, que significa “escuchar con atención”.

Adrián Cabezas, responsable de vinculación social de la carrera de Sonido, cuenta que la idea de este proyecto es sensibilizar a los videntes para percibir el mundo de otra forma y ayudar a las personas con discapacidad visual a tener más alternativas de entretenimiento.

La docente de Arquitectura, Daniela Maldonado, contó que una de las aspiraciones de este proyecto es lograr que los niños sepan valorar las condiciones diferentes que puedan tener otras personas y ponerse en su lugar.

“Cuando se les vendan los ojos muchos niños no pueden dar ni un paso solos. En ese instante sienten y comprenden lo que el otro vive. Así lo valoran y lo ayudan”. (I)

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