Una inmensa ola de colores cubre de manera espectacular este año gran parte de una de las zonas más áridas del planeta: el desierto de Atacama, en el norte de Chile que ha florecido como nunca en las últimas dos décadas.
El fenómeno climático El Niño, que llega a las costas del Pacífico sudamericano cada seis o siete años, aporta las lluvias necesarias para que germinen los bulbos y los rizomas (tallos subterráneos que crecen de forma horizontal), que pueden estar en estado latente por décadas.
“Este es un año excepcional, ha llovido más de 50 milímetros. Las flores comienzan a crecer a partir de 15 mm por año, y en este todas las especies crecieron”, explica Carla Louit, directora del Parque Nacional.
La intensidad de las lluvias es clave para que el desierto florezca, pero no lo es todo.
También se necesita que las precipitaciones sean a intervalos regulares, ni muy fuertes ni muy espaciadas, y sobre todo que las heladas no corten la germinación durante el invierno austral.
Si esas condiciones se reúnen, el desierto florido puede durar de septiembre a diciembre.
El parque Llanos de Challe, en Chile, fue creado en 1994 para proteger este ecosistema de la actividad minera, que se realiza de manera intensa en la región. EFE
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