Son pocos los migrantes que consiguen sobreponerse al ‘síndrome de abstinencia’ que surge después llevar varios años sin probar ni una cucharada de fanesca. Este plato, considerado ‘sagrado’ para muchos ecuatorianos, forma parte de nuestra identidad cultural.
Lo que se come, cómo se come y dónde se come también dice mucho de nuestra relación con los alimentos que consideramos propios y, de alguna manera, únicos. Los hábitos alimenticios —como lo advierten muchos antropólogos— enriquecen identidades en la medida en que discriminamos lo que es comido por nosotros de lo que es comido por los otros.
La alimentación, en el caso particular de la fanesca, es un componente fundamental en los ritos, porque por sí mismos simbolizan la festividad. El semiólogo francés Roland Barthes concibió a la alimentación como un sistema de comunicación en la medida en que no es tan solo una colección de productos, susceptible de investigaciones dietéticas o estadísticas, sino que constituye un complejo sistema de signos, un conjunto de usos, de situaciones y de comportamientos propios.
En este sentido, la alimentación, se constituye en un elemento cohesionador de un grupo y eso se evidencia, sobre todo, en los migrantes ecuatorianos. A pesar de vivir en distintas latitudes, los ecuatorianos tienen, sin duda, costumbres culinarias muy arraigadas e intentan reproducirlas en los países que los acogen.
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