Cada vez son más los hombres que deciden reconocer su feminidad sin temor a perder su masculinidad. Algunos los describen como caballeros narcisistas enamorados de sí mismos. Los llaman metrosexuales, pero solo es un membrete para designar a quienes parecen dispuestos a romper esquemas. Con los metrosexuales llegaron también los lumbersexuales, cuya apuesta estética es diferente, porque es un regreso al hombre ‘despreocupado’ por su apariencia física.
Durante décadas sociólogos y antropólogos han hablado de una crisis de la masculinidad, en la que los hombres se han visto envueltos en una suerte de espiral de constantes reformulaciones que cada vez son más evidentes y desafiantes. La definición de masculinidad ha evolucionado con el transcurso de la historia y ha estado regida, muchas veces, por las características de la cultura dominante. En sociedades marcadas por el consumismo se tornan más evidentes las redefiniciones de los cánones de la vieja masculinidad, ahora desbordados por lo que se denomina la maquinaria feminista.
Los estudiosos de las Ciencias Sociales advierten que el modelo viril de viejo cuño ha cedido campo a un nuevo individuo, más personalizado, más narcisista, más contemporáneo que contradice el estereotipo del hombre fuerte; del arquetipo viril de antaño. Las nuevas masculinidades suponen una ruptura con el patrón tradicional; son más flexibles, más móviles, y dejan abierta la posibilidad de elegir entre un amplio abanico de ofertas estéticas.
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