Recientemente cumplió 85 años y continúa con su taller en el barrio San Vicente del cantón Píllaro. Se llama Bolívar Bonilla y es uno de los últimos fabricantes de artesanías con cuernos de toro.
“Como decenas de artesanos y productores de alimentos ancestrales, don Bolívar y yo tenemos que movilizarnos por las ferias de Tungurahua para exhibir nuestras mercancías para que las conozcan y las adquieran”, dice Inés García, sembradora de jícama o manzana de la tierra a la que le atribuyen beneficios para la próstata y contra la presión alta.
Bonilla se mueve con lentitud. Casi ya no escucha, pero sonríe con amabilidad a la gente que no conoce y que llega a su taller donde predomina un patio amplio de tierra.
En un rincón, don Bolívar se sienta para elaborar peines, barcos, floreros, llaveros, botellas, vasos, copas y más. Aún tiene fuerzas suficientes para dirigir los formones, las gubias, las sierras y las limas.
La materia prima se la provee su hija Miriam. Ella se encarga de acudir a los mercados y camales para adquirir los mejores cuernos de toro. “Mi padre aprendió a los 14 años este oficio y aunque le hemos pedido que lo deje, se niega”. (I)
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