Militar la palabra

- 19 de mayo de 2019 - 00:00

En los últimos años hemos presenciado infinidad de debates (aunque aún no los suficientes) respecto al uso del lenguaje inclusivo frente al masculino genérico. Las posturas han sido diversas y se han centrado, desde el lado de los especialistas en cuestiones de la lengua, filólogos y académicos en su mayoría, en una defensa de la norma.

El lenguaje no es sexista –se dice–, sino su uso. Se nos recuerda no confundir invisibilidad femenina con el predominio del masculino en el género gramatical. También hay una facción que nos dice cada tanto que verdaderamente inclusivo es aprender lenguaje de señas y no eso de protestar por si se puede o no flexionar en femenino determinadas profesiones.

Frente al uso del masculino genérico tengo dos posturas: por un lado, como correctora de textos tiendo a defender la norma y a buscar claridad, concisión y economía del lenguaje; en consecuencia, el exceso de desdoblamientos me parece un horror porque oscurece el texto y complica las concordancias; las equis y las arrobas que reemplazan los marcadores de género son impronunciables y funcionan solo en el papel, y el “todes” me recuerda al juego de “le mer estebe serene…”, entonces no lo puedo utilizar con seriedad. Mi otra postura, sin embargo, es más radical que la defensa de la norma: considero que la lengua es un sistema dinámico y, por lo tanto, es susceptible de ser modificado.

Creo además que hay elementos extralingüísticos que determinan nuestro uso de la lengua, y, sobre todo, creo que la lengua le pertenece a la comunidad de hablantes y no a las academias, aunque esto ya se ha dicho. La realidad sobrepasa las prescripciones normativistas.

En agosto de 2017, María del Pilar Cobo, lexicógrafa y correctora de textos, nos invitaba a pensar en glotopolítica: aquella dimensión que, de acuerdo con los “inventores” del término (Marcellesi y Guespin, 1986), “es necesaria para englobar todos los hechos del lenguaje donde la acción de la sociedad reviste la forma de lo político”.

Si bien este concepto nos puede servir para hablar particularmente de lengua y territorio, minorías lingüísticas y hegemonía, también es útil para pensar nuestro uso de la lengua con respecto a la mujer. Flexionemos en femenino si eso ayuda a visibilizar a las mujeres en la historia, usemos el “todes” si con eso desplazamos en algo el reduccionista binarismo de género –gramatical y también biológico–, resemanticemos términos, eliminemos usos y prácticas machistas de nuestro vocabulario, divirtámonos un poco pensando en los sentidos que le damos a lo que escribimos. Escuchemos a Rita Segato y seamos un poquito más desobedientes.

En uno de sus artículos, mi muy admirado Álex Grijelmo nos decía: “La lengua no es la realidad, sino una representación de la realidad”. Por el contrario, creo que debemos recordar que el lenguaje no solo representa, sino que también genera mundo, así que, conscientes de la dimensión política de la lengua, militemos también con la palabra hasta cambiar el mundo. (O)

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