La desemejanza

- 02 de diciembre de 2018 - 00:00

¿Hasta qué punto las sociedades humanas, al estar compuestas por desemejantes, profundizan más sus diferencias sin solucionarlas? Tal podría ser una posible pregunta que enmarcaría El bar (2017), película del español Álex de la Iglesia, cuyo argumento gira alrededor de un grupo humano variopinto concentrado en un bar en un momento en el que se presume –o ellos conjeturan– que son observados por estar contaminados por algún virus letal.

De la Iglesia, usando el mismo meollo de sus anteriores películas, centra su mirada en un grupo humano, como si estuviéramos en el interior de un laboratorio en el que hay un reactivo que desata que los sujetos observados empiecen a hacer aflorar sus distintas pasiones y desencantos. La cuestión es simple: el bar es el punto de confluencia, si bien para socializar, también para marcar más las diferencias.

Al inicio de la película vemos a los protagonistas entrecruzarse ante la cámara, como si fueran insectos dentro de una ciudad indistinguible. De eso se trata: son individuos, cada uno con identidades distintas, con preocupaciones personales, cuya anonimidad de pronto se rompe cuando se topan en el bar. Es allá donde se conocen someramente o se reconocen algunos, y sacan a relucir sus ambiciones y sus problemas. Lo que pone de manifiesto de la Iglesia son los estereotipos que unos tienen de otros y que llevan a equívocos; también secretos que remarcan la soledad en la que viven cada uno de los personajes y que les hace sospechosos en el momento que ellos se juzgan; asimismo, recelos y prejuicios sociales y hasta raciales que estallan en el momento cuando cada uno quiere conservar su vida. El tema de fondo es: hasta qué punto uno puede sacrificarse por el otro. Nos damos cuenta de que la urbe es el sitio de individuos egoístas que además se aprovechan de los otros.

La parte fantástica –o quizá de ciencia ficción– de El bar es ese otro, un extraño que entra al local; un soldado, alguien que ha sobrevivido a un experimento con elementos químicos en algún país africano. Y el contraste es este: es un zombi que, expuesto a esos parroquianos del bar, hace aparecer a estos últimos más zombis en la medida que son consumistas, depredadores y que buscan su propio beneficio.

El bar resalta, de este modo, que la sociedad de consumo nos ha hecho zombis, seres extraños en una gran ciudad en la que, además, nadie se mira, nadie se conduele del otro: la ciudad misma resalta la desemejanza como algo propio de los tiempos actuales. (O)

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