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No hemos leído a Hassaurek (segunda parte)

“El doctor le promete visitar a su paciente, pero se olvida a propósito”.
26 de diciembre de 2020 00:00

De acuerdo a la crítica directa del embajador y periodista Friedrich Hassaurek, hay algo que llenó de admiración y respeto en sus notas. Y es que en sus descripciones no todo era retraso y decepción, pues habla de tres pueblos cuya gente sobresale por ser laboriosa, trabajadora y de ingenio: Cotacachi, Atuntaqui y Guano. Su espíritu viajero y observador lo llevó a estas tierras donde pudo apreciar el talento natural de los artesanos de esos poblados y su producción empeñosa y entusiasta. Pero con gran seguridad, los viajes de retorno a Quito volvían a enredar su percepción sobre el espíritu ecuatoriano, de modo que al ver y soportar a los mendigos del camino, las iglesias en ruinas y la gente respirando un aire de rutina y conformidad, volvía a encontrarse con un panorama de retraso y desconcierto. “Cuando ven a una persona que pasa cerca suyo, le saludan y le ofrecen una copa de aguardiente. Si él acepta, se entiende que les debe dar un medio real, si no, se expone a sus burlas y escarnio”.

 

De vuelta a Quito, nos narra Hassaurek, volvía a tomar su pluma para detallar cómo “hombres, mujeres y niños de todas las edades y colores pueden ser vistos en media calle y a la luz del día haciendo sus necesidades”. Así también: “Ver a un hombre sacándose una pulga de su corbata y matarla con sus dientes…”.

 

Vale la pena tomar en cuenta lo que dice en cuanto a la desconfianza de la sociedad de aquel entonces: “Una parte importante del carácter del serrano es la gran desconfianza que tiene con sus paisanos, lo cual excluye toda posibilidad de que exista un espíritu de asociación. El compañerismo es poco frecuente y casi no se oye hablar de corporaciones”. Como que por acá la inversión asociada no surte efecto, ya que –usualmente- las empresas nacen con fecha de caducidad por el sesgo torcido de sus dirigentes. Por eso, este extranjero manifiesta que “las grandes empresas son imposibles”.

 

En las familias grandes y ricas no faltaba en el pelotón de sirvientes la ama de llaves, mujer que era la primera que robaba, ratificando el autor de este libro que “la gente común no considera el robar como un pecado”. Efectivamente, aquí: robar no es pecado… Nunca lo fue. Sobre este vicio, nos recuerda que terminada la misa del Viernes Santo, los feligreses salían arrepentidos de sus pecados, pero en la montonera, no faltaban las manos que se estiraban en los bolsillos ajenos. Sin trastocar el tiempo, en “montonera siempre hay robo”, tal como dice el dicho popular.

 

En segunda vuelta sobre las familias ricas y poderosas, dice que “su educación, al igual que su culto religioso, es solo una apariencia externa que tiene que ver muy poco con el corazón… Con la misma inconsciencia con que murmuran y rezan sus rosarios y letanías, practican sus ofertas y cumplidos”, ya que “su educación es bastante descuidada… Es como el suelo de su terruño: fértil, pero poco cultivado”.

 

Completa el cuadro con las profesiones liberales que eran dedicadas a los jóvenes bien, quienes eran empujados a la universidad para que alcancen el título de “doctor”. ¿Para que cure o para que defienda?... No. El diplomático narra que “los abogados son muy numerosos y que en muchas ocasiones no tienen trabajo, pues aquí se cometen pocos crímenes, solo casos de robos menores y el robo de ganado (obra de los cuatreros), teniendo como excusa la pobreza del ladrón y la defensa usual con una recomendación a la merced de la corte”. Y en este mundo profesional no faltó la crítica a los médicos, de quienes se refiere que “no son muy amigos de su práctica”, en vista de que daban mayor importancia a su hacienda antes que curar enfermos. “El doctor le promete visitar a su paciente, pero se olvida a propósito”, dado que “el paciente debe visitar al doctor en vez de que éste le visite”.

 

Así se despide Hassaurek en su libro: “Dejaré para siempre este interesante país, sumido en el silencio de su destrucción indolente y acariciado por la majestad de sus montañas. Los lugares por los que pasé se me vendrán con los años como la memoria de un sueño olvidado, pero hermoso… Ningún paisaje me ha causado una impresión tan intensa y duradera en el espíritu como el de los Andes…”.  

 

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