Ya era de noche. La calle estaba solitaria, no se escuchaba más que el susurro del viento. La quietud se vio interrumpida por el sonido ligero de un motor. Era suave, es decir, no correspondía a una motocicleta, peor a un carro. Pasó, como volando, un joven en un scooter eléctrico. De color verde, un metro de altura y manubrio negro, así era el pequeño vehículo.
Seguí mi camino por la acera. En un poste había una abandonada, al parecer olvidada por su dueño. Metros más adelante apareció una más y dos cuadras después, nuevas patinetas eléctricas. No todas estaban bien aparcadas. Las encontraba en mi camino, sin una lógica previsible.
Mi curiosidad aumentó al máximo. Al acercarme había una etiqueta con instrucciones. Para utilizarla solo se necesita descargar una aplicación y listo. Que empiece el viaje.
Es una opción de movilidad propia del mundo contemporáneo. Es fruto de la tecnología. Es amigable y accesible. Una idea que te hace pensar: ¿cómo no se me ocurrió?
El mecanismo es sencillo. El mapa detalla las estaciones o unidades cercanas. Luego se escanea un código QR desde el celular que brinda información, como tiempo de batería del scooter. Tras eso tienes un minuto de prueba; de allí en adelante te cobran alrededor de 50 céntimos de sol el minuto.
El equilibrio es vital. En un principio hay el natural miedo a caerse, junto con la vergüenza de no poder montarla. El resto es sencillo. Mientras se toma viada, usando los pies como remo, la calle parece resbalosa. El mundo empieza a temblar. Ya encima del scooter, con inexperiencia se aprieta el acelerador, un cuadrado verde atado al manubrio. La patineta toma velocidad, incontrolable.
Cuesta un par de minutos obtener el control. Ciclistas y transeúntes son sorteados como en una prueba de manejo y hay opción de error. El parterre tiene una vereda amplia y gris, rodeada por palmeras y dos autopistas a los costados. Parece un pasillo de honor en el que corres con la emoción de un niño.
Aceleras y aceleras, ya no te caes. El viento te pega en la cara, los brazos se entumecen por la fuerza para sostenerse, las piernas se cansan. Es hora de bajarse, basta de juegos. Fueron 23 minutos de diversión; 13 soles ($ 4) de disfrutar un momento de relajación.
La realidad es que es un medio de transporte. Los limeños lo usan para trasladarse por San Isidro, no como ese ecuatoriano loco que gritaba montado en un scooter en plena noche. (O)
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