Quito, ¿una ciudad cuidadora?
Se ha comprobado que la ciudad es un ecosistema en el que cohabitamos, en el sentido que es un espacio vital que ofrece –debería ofrecer- las condiciones para el bienestar general de sus ciudadanos. La realidad es diferente: prevalecen los autos, la contaminación, la inseguridad y una serie de maltratos, que ofenden no solo a los derechos humanos sino irrespetan e hipotecan el futuro.
Quito –nuestra maravillosa ciudad- es una muestra de lo dicho. Tiene en su haber siete maravillas identificadas por los concursos de turismo mundial en los que ha participado y ganado, y también las anti maravillas que preocupan a los ciudadanos de pie y no tanto a sus autoridades.
Las siete maravillas de Quito, Patrimonio Cultural de la Humanidad son: la Iglesia de la Compañía, el interior del convento de San Francisco, la estación de ferrocarril de Chimbacalle, la Basílica del Voto Nacional, el Santuario de El Quinche, la Plaza Grande y la Virgen del Panecillo. Los siete lugares más feos identificados por los quiteños, según el Diario Últimas Noticias, son: el mercado de San Roque, la piscina de El Sena, el mercado de El Camal, el terminal El Playón, la feria libre de La Ofelia, el molino El Censo y El Gran Pasaje, entre otros.
Pero más allá del listado de lo bueno, lo malo y lo feo de nuestra ciudad está su carácter. Quito pasó de ser una ciudad conventual y franciscana, a una urbe moderna, que se alarga desde Alóag hasta la Mitad del Mundo, de sur a norte y al oeste hasta los valles de Tumbaco y Los Chillos, con más de dos millones de habitantes, la más habitada del Ecuador. Su carácter y fisonomía, sus perfiles y espacios han cambiado: los autos se impusieron a las carretas y semovientes, los edificios inteligentes a las casas de teja y adobe, la producción de bienes y servicios a la comunidad.
El precio de este crecimiento, de acuerdo a la pirámide tradicional centrada en el individualismo, que forma parte de la sociedad planetaria, ha sido alto. No debemos olvidar que somos por naturaleza interdependientes y ecodependientes. Vivimos en la era del antropoceno; en consecuencia, las ciudades deben humanizarse y ser espacios para el cuidado preferente de los niños, las mujeres y las personas de la tercera edad. Quito, ¿una ciudad cuidadora? (O)
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