Posverdad es un neologismo que toma fuerza en la campaña de Donald Trump y se refiere a las aseveraciones que dejan de basarse en hechos objetivos para apelar a las emociones, creencias o deseos del público. La RAE lo define como “una distorsión de la realidad que se hace de manera deliberada”.
Actualmente, en varios medios de comunicación no hay cabida para el detalle, la verificación, el contraste; todo apunta a que el futuro es la improvisación o la verdad contada a medias, con una carencia de propuestas. De allí la importancia que han adquirido las redes sociales seguramente por la velocidad, inmediatez o lo ubicuo del participante.
Vivimos en una sociedad del espectáculo como refería Guy Debord, todo se intenta publicar tal vez con el afán de llamar la atención. Imágenes, memes y videos forman las nuevas tendencias de comunicación y relación social. Vamos tan de prisa que no alcanzamos a procesar algo y ya estamos en otro escenario. Fluctuamos entre la crítica, la controversia, la presunción, donde “lo verdadero es un momento de lo falso”.
Permanece una crisis política, económica, social, contada de manera distinta dado que la subjetividad está de moda en tiempos de la posverdad. Somos testigo de discursos con una dosis de cinismo, egos, razones y explicaciones. Son manoseados términos, como justicia, debido proceso y estado de derecho que parece ser no existen culpables. Jacques Lacan, sicoanalista francés, planteaba: “El estado del espejo” y la disyuntiva en la construcción de la realidad y lo real.
Ahora las noticias falsas causan mayor impacto que las verdaderas. Hay una excesiva competencia noticiosa con hipersegmentación y polarización. La tecnología ha cambiado el patrón de consumo de la comunicación de forma vigente y apasionante.
Es imposible comprender los cambios sociales y culturales si no se conoce el funcionamiento de los medios, señalaba Marshall McLuhan. Hoy, virtualizamos la realidad de que no interesa el contenido del mensaje y como resultado, contamos con una notable pérdida de confianza en los medios y en los expertos por el sensacionalismo, la polarización, la trivialización, el rating.
Qué lástima pulverizar la esencia de la comunicación: “mensaje claro, comprensible y diferenciado que llegue eficazmente al receptor objetivo”. (O) et
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