La violencia se alejó de Mataje, que ahora respira calma y seguridad

- 13 de abril de 2019 - 00:00
El control militar y policial es permanente en la localidad esmeraldeña, lo que ha devuelto la tranquilidad a los pobladores que de a poco recobran su cotidianidad.
Foto: Carina Acosta / El Telégrafo

Más niños se inscribieron para este nuevo año escolar; hay atención médica y los militares y policías ofrecen protección a los moradores de la parroquia que fue afectada por la violencia de la narcoguerrilla de alias “Guacho”.

Galo Ortega no se colgó en su cuello las cadenas que lo acompañaron en el último año. Siempre las llevaba desde que su hijo, el periodista Javier, fue secuestrado en la localidad de Mataje (Esmeraldas) y luego asesinado en Colombia. La mañana del viernes 12 de abril fue distinta para Galo Ortega.

Como siempre, se vistió con su camiseta blanca estampada con los rostros de su hijo, del fotógrafo Paúl Rivas y del conductor Efraín Segarra, las otras dos víctimas del Frente Óliver Sinisterra, de alias “Guacho”, pero algo en su interior le decía que no llevara las cadenas.

En esa población se organizó un pequeño homenaje para recordar a los tres periodistas de diario El Comercio y por primera ocasión sus familiares entrarían a la parroquia esmeraldeña que está muy cercana a Colombia. (ver nota compartida).

Al ingresar al poblado, descubrió que sus habitantes sentían ese mismo dolor que partió su corazón cuando conoció, justamente hace un año, que su hijo había sido asesinado en la selva fronteriza. También encontró el abrazo de los niños que jugaban inquietos en la cancha de fútbol de la localidad y de sus maestros, inspiradores de su futuro y de las 100 familias que habitan en la parroquia.

Mataje ya no es la misma de hace un año. Sus habitantes volvieron a sus casas, ahora se ven tiendas abiertas y pequeños chicos correteando alegremente por sus estrechas calles.   

Vanesa Angulo, joven profesora, trabaja en la escuela Mi Patria y cuenta que actualmente los uniformados les prodigan seguridad, de ahí que exista tranquilidad en el poblado.

Por eso, más niños fueron inscritos por sus padres para el nuevo año escolar. En total, 80 empezarán sus clases en los próximos días. Por ser vacaciones aún, los menores participaron en actividades deportivas y lúdicas que fueron organizadas por miembros de las Fuerzas Armadas y los docentes del centro educativo.

Esta atención no es reciente ni por ser época de vacaciones, por ejemplo, en Navidad se repartieron fundas de caramelos para los niños. Además, los soldados están permanentemente pendientes de su seguridad.

Uniformados mantienen una interacción con la población, sobre todo con niños y jóvenes que ahora caminan sin preocupación por esta localidad.Uniformados mantienen una interacción con la población, sobre todo con niños y jóvenes que ahora caminan sin preocupación por esta localidad. Foto: Carina Acosta / El Telégrafo

Esa protección también la siente y vive a diario Beatriz Arroyo, una sonriente abuelita que retornó a su casa en Mataje en julio de 2018.

Debido a los ataques de la narcoguerrilla, ella escapó al cantón San Lorenzo (en la misma provincia de Esmeraldas) y solo su esposo Livio Cortez se quedó al cuidado de su pequeña casa y de su vaquita.

Ahora Beatriz está contenta y confiada con la protección de los militares y policías acantonados en el sitio. Ella añora que Mataje sea nuevamente visitada por los turistas de Bogotá, Cali (Colombia), Quito y Guayaquil.

Años atrás desde esas ciudades llegaban los viajeros para disfrutar de las aguas mansas del río y su familia era la propietaria de unas cabañas de madera que siempre estaban listas para atender a los excursionistas.

La mujer vive con sus dos nietas y asegura que los hechos de violencia se terminaron. Ahora por las calles corren los inquietos pequeños para acercarse a los fotógrafos, incluso unos intentan jugar con las cámaras. Beatriz dice que ahora tiene paz.

Lo mismo testifica Adolfo Segura, quien nació en la parroquia esmeraldeña hace casi 60 años. Él sostiene que los atentados con bombas, secuestros y asesinatos fueron “cosa del pasado”.

Gesticula y eleva su voz para pedir al resto del Ecuador que deje de señalar a su parroquia como si fuera una “zona roja”. Ahora, manifiesta enérgicamente, tienen paz, pero lo que sí necesitan es que se mejoren sus servicios básicos y se restablezca el comercio.

Esa también es la principal preocupación de Irene Quintero, quien posee una pequeña tienda en el poblado, con algunas bebidas y unos cuantos productos en su despensa.

Para la comerciante lo principal es aumentar las ventas y así dinamizar la economía de todos los moradores de la parroquia. Ella asegura que está tranquila, que vive en paz, pero tiene el anhelo generalizado de mejorar su futuro.

Y es justamente el porvenir lo que le interesa al teniente político de la localidad, Johnny Segura. Él piensa que debe planificarse la construcción de un colegio para que los padres no se preocupen por enviar a sus hijos a estudiar al cantón San Lorenzo para que culminen el bachillerato.

Ellos, con más educación, labrarán el camino de un nuevo Mataje para que la violencia quede desterrada del sitio y nunca más se apague por la fuerza de las armas una sonrisa, sostiene la autoridad, mientras observa la tranquilidad que se respira a su alrededor. (I)

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