Javier Rivadeneira narra por qué no logró el Récord Guinness de ultramaratón

- 26 de abril de 2018 - 00:00
Fotos: cortesía

El ultramaratonista Javier Rivadeneira cuenta en primera persona por qué no logró el Récord Guinness de correr 321,8 kilómetros en menos de una semana.

“La Ultra Machu Picchu es una carrera muy técnica, la salida se dio a menos de 1.000 metros de altura y pasó a 4.700 metros en la parte más alta, en el nevado Abra Salkantay. Hubo corredores de 33 países. Partimos a las 12:00; cometí el error de llevar visera y no gorra, recibí demasiado sol en la cabeza al quedarme destapada la corona.

No pude conseguir los bastones de trekking, así que competí con dos palos de escoba. Los primeros kilómetros se cubrieron a razón de  3 minutos con 30 segundos (3m30s) por kilómetro, un ritmo muy fuerte para un torneo de 100 millas (160,9 kilómetros).

El trayecto tiene 15 microclimas; estás a 32 o 34 grados de temperatura y tiempo después sientes un frío de menos 5 grados, eso ocurre cuando atraviesas el Abra Salkantay, la montaña emblemática de este certamen.

Lo mejor de todo, en mi caso, fue sentirme parte de todo ese entorno: primero, porque suelo tomar mucha agua de la cordillera a la que voy; y segundo, porque tuve la oportunidad de ver un puma.

Eran como las 00:30, sentí que me miraban, no me detuve. Cruzaba por un chaquiñán y como tengo una linterna de 700 lumens, pude divisar que a unos 22 metros había un gato enorme; traté de obviarlo. Por un momento me quedé viéndolo, pero sus intensos ojos me hicieron bajarle la mirada.

Entonces el animal se levantó, tenía una cola más larga que mi brazo; su piel era amarilla plomiza, con algo de negro. Nunca se puso en posición de ataque, me dejó continuar. Yo, la verdad, no sentí miedo. Estaba ya por el kilómetro 115.

Minutos después arribé a un sitio donde estaban varias personas; creí que era un puesto de control, me di cuenta de que eran queros, indígenas que viven en las montañas; nos llevaron para hacer breves limpias.

Una de las partes más peligrosas fueron los 500 metros que atravesamos en tarabita. Llegué yo, un francés y un peruano. El peruano se trepó primero, el francés y yo nos quedamos mirando, también nos subimos. Creímos que la polea y el cable de acero podían aguantar el peso de los tres... a la mitad parecía que nos caíamos. Le gritaba al peruano ¡hala, hala! Fue un gran riesgo el que tomamos, había entre 90 y 120 metros de vacío ¡No hubiéramos quedado ni para el cuento! Al final hice 17h35m; quedé segundo.

La carrera del Cusco duraba 48 horas, pero la idea era hacerla lo más rápido posible para descansar. Terminé el lunes y el jueves ya estaba corriendo en las 100 millas del Ultra Fiord, en la Patagonía de Chile.

Al correr por el segundo glaciar se me congelaron las zapatillas, hubo tramos en los que no sentía los pies. Me puse un par de guantes para menos de 31 grados, un par de guantes de lana,  una casaca anticalor, una polar, una chompa que me cubría del viento y para las piernas dos licras. Con todo eso encima sentía frío.

A las ocho horas de carrera tuve hipotermia de grado 2; me sentía mal. Paré, me puse el impermeable para sentir un poco de calor y un par de horas después me lo saqué para no sudar demasiado.

Soy un atleta que no se queda más de un minuto en los abastos; pero a las 12 horas y media ya me sentí destruido. Llegué, me comí una sopa de fideo, cinco panes con mermelada, 150 gramos de jamón, unas papas fritas, debía continuar.

Más allá quería descansar, cuando llegué había muchos atletas tirados con los sleepings, no había uno para mí. Mi única opción era seguir trotando... al final de la noche, a las 23:00, pasé los glaciares y comencé a sentirme mejor. Corrí mucho más rápido; me ubiqué sexto”. (I)  

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