Irma Once, mujer de grandes retos

- 03 de noviembre de 2019 - 00:00
Irma Once entrena todas las tardes en el coliseo de bádminton de la Federación Ecuatoriana de este deporte
José Morán / ET

La guayaquileña es seleccionada nacional de parabádminton, actividad que compagina con las artes. En noviembre jugará un Sudamericano de este deporte.

Irma Once (43 años) nació con una malformación en sus brazos. Sus extremidades no se desarrollaron completamente.

En principio, sus padres pensaron que no iba a poder valerse por sí sola, pero con el paso del tiempo, la sexta de las nueve hijas que tuvo doña Vicenta Cevallos empezó a demostrarles que era una mujer de retos y convicciones. 

A los ocho meses de nacida, Irma ya sabía agarrar la cuchara con los muñones que reemplazan a sus manos. Cuando cumplió 4 años podía pintar, y a los 8 aprendió a leer y a escribir.

La artista entró a estudiar en 1984, recién cuando tenía 8 años, pues enfrentó los prejuicios de las escuelas. “Me cerraban las puertas. Me tomaban los exámenes para después decirme que no podían aceptarme por mi discapacidad. Yo sabía leer, escribir, sumar, restar, pero no valía para ellos porque no me admitían”.

Sus hermanos nunca la trataron como alguien diferente. Por eso no le da vergüenza la discapacidad que tiene en sus brazos desde que nació. Por el contrario, se ha superado y ha trabajado fuerte para demostrar que es capaz de hacer lo mismo, y en ocasiones hasta más que una persona sin discapacidad. A sus 40 años, Irma no tiene tiempo para lamentarse.

El apoyo de Vicenta fue fundamental en su inmediato desarrollo. Sus padres nunca la hicieron sentirse inferior a otras personas. Pero cuando Irma le dijo a su mamá que quería ser artista ella se opuso.

La joven tuvo que gestionar sola su ingreso al colegio Bellas Artes. Allí le ayudaron a perfeccionar su técnica y hasta ahora ha montado dos muestras individuales con sus mejores cuadros, donde es común encontrar caballos, su animal preferido. Una de sus obras más especiales es el retrato del papa Francisco, que realizó cuando supo de su visita a Ecuador en 2015.

Finalmente, se graduó en Bellas Artes. Obtuvo un premio Filantrópica, otro de Dibujo y Pintura, una mención de honor y fue la mejor bachiller de su promoción.

Irma se ha acostumbrado a ser como es. No se avergüenza. Por eso, su convicción la ha llevado a otra faceta. Desde julio Irma entrena bádminton y en poco tiempo se ganó un puesto en la selección ecuatoriana de parabádminto que disputará el Campeonato Sudamericano desde el 15 hasta el 17 de noviembre en el coliseo Abel Jiménez Parra, en la ciudad de Guayaquil.

Ella es la única deportista de Guayas que forma parte del equipo nacional. Los demás integrantes pertenecen a otras provincias.

Emilio Zambrano es su entrenador. Él la define como una deportista “muy entusiasta y con altas cualidades para el deporte”.

En principio se inclinó por pruebas atléticas de fondo e intentó probar suerte en el judo, pero no pudo practicarlo por la malformación de sus manos.

Eso no la desanimó. A través de la red social Facebook y con la ayuda de una de sus hermanas, se puso en contacto con la Federación Ecuatoriana de Bádminton para que le permitieran entrenar con ellos.

La respuesta fue positiva e inmediata. Con los muñones con los que aprendió a agarrar cucharas y pinceles, ahora sostiene la raqueta y la volante o pluma (proyectil que reemplaza a la pelota en este deporte).

Desde que empezó no ha parado. Entrena todos los días desde las 18:00 hasta las 20:00 en el coliseo de bádminton ubicado atrás de Fedenador. De forma paralela trabaja como digitalizadora en la empresa de bebidas Resgasa.

“Al principio nos dijo que sentía vergüenza venir a entrenar porque la gente la ve con lástima. Pero aquí le abrimos las puertas y la acogimos de buena manera para que se sienta cómoda”, explicó Zambrano.

Irma encuentra su principal inspiración en su familia: su esposo Darío Ayala, con quien lleva 18 años de matrimonio; y sus hijos Noelia, de 7 años; Dariana, de 9; Josías, de 11; y Darío, de 15 años.

Ellos les dan la fuerza necesaria para continuar adelante con sus propósitos de vida. (I) 

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