Tribunal italiano emite histórica sentencia

- 23 de agosto de 2020 - 00:00
Ilustración: Manuel Cabrera/El Telégrafo

Como un paréntesis a las habituales noticias sobre la incidencia del coronavirus, los titulares de los medios impresos y audiovisuales de Italia han presentado en estas vacaciones de verano, la inusual noticia de una sentencia de la Cassazione -Tribunal Supremo- . Sentencia que pone en entredicho la famosa postal del italiano, que aún en edades maduras y productivas continúa bajo el techo familiar. Una imagen hogareña totalmente natural, pero que hoy, con esta sentencia y quizá como efecto colateral de la pandemia, hace reflexionar y llama la etanción a toda la sociedad.

En resumen el Tribunal niega la petición de una madre, que impugnó el fallo del Tribunal de Apelación de revocar la asignación de mantenimiento por parte de su ex marido al hijo de 30 años, un profesor suplente de música, cuyo ingreso anual se calcula en 20 mil euros, -rédito modesto pero significativo-.

Pero los jueces no solo se limitaron a ello, también revocaron al hijo la concesión de la casa matrimonial porque solo a veces cohabita con su madre: por razones del trabajo de suplente se ve obligado a establecerse en diferentes provincias donde es requerida su presencia.

La sentencia considera que es deber del joven -ahora un hombre-, “reducir sus ambiciones adolescentes” buscando un modo para mantenerse, poniendo empeño para encontrar cualquier oportunidad disponible en otros ámbitos laborales, porque a un cierto punto de la vida y con el pasar de los años, debe hacer las cuentas con la realidad.  Esta apreciación deja entrever que los proyectos y aspiraciones del hijo, con el pasar el tiempo, no se concretaban por la inestabilidad laboral o el trabajo precario, como se conoce a los maestros que no tienen un rol de planta en un colegio específico.

Previa a la sentencia, fueron los jueces del Territorio los primeros en hacer notar que en cada país del mundo se da por hecho la independencia económica a 30 años, menos en Italia. En definitiva, si los sueños no se cristalizan o tardan en realizarse, igualmente hay que moverse y buscar una ocupación hasta que surja la ocasión de un empleo de acuerdo a sus aspiraciones, porque no se puede pretender que “a cualquier trabajo se adapten solo los padres”.

Pero la historia cobra cierta emotividad al conocerse que el padre llamado en causa, en la madurez de sus 60 años, se ha visto forzado a cerrar su almacén de ferretería y a volver a vivir con su anciana madre. Obviamente, en este específico caso no existe una obligación de mantenimiento por parte de la madre.

Una sentencia histórica

Como la infancia no es eterna y de consecuencia la condición de hijos mantenidos por los padres tampoco, el Tribunal Supremo ha establecido con esta sentencia que terminados los estudios (sean de bachillerato o universitarios), un hijo tiene el deber de ser autónomo y buscar una ocupación que sea en grado de mantenerlo.

Otro tema que puntualiza el Tribunal es el “abuso del derecho” y va con dedicatoria a quienes dilatan los tiempos de estudio, protegidos por el derecho al mantenimiento que establece la Constitución para los hijos que conviven en el hogar y no cuentan con un rédito. Al respecto, enfatiza que este derecho no puede surgir como abusivo y de mala fe. Y, sobre esta base, en una sentencia previa, en febrero de este año, el Tribunal había aclarado: “Un padre que haya depositado a la excónyuge el mantenimiento para los hijos, después que estos hayan conseguido la autosuficiencia económica, tiene derecho a la restitución de cuánto ha pagado”. ¡Atención entonces! Porque ahora también se corre el riesgo de tener que restituir lo percibido sin derecho alguno. 

Con esta sentencia además se deja un precedente para futuros conflictos familiares, no solo cuando la familia no esté en buenas condiciones económicas, sino también para aquellos padres con dinero, que si lo desean, pueden cortar el cordón económico con los hijos mayores de edad y cuando hayan terminado su curso de estudios.

El Tribunal aclara un hecho de suprema importancia: “Italia tiene necesidad de una revolución también al interior de los muros domésticos, debe pasar de una óptica de asistencialismo a una más amplia de corresponsabilidad”. Pide un cambio de ruta para pasar del principio “del derecho a cualquier derecho”, al concepto del deber, como impone la evolución social.

Dificultades de trabajo y sueldos mínimos es  la punta del iceberg

Para nadie son desconocidas las dificultades a las cuales se ven enfrentados los jóvenes para acceder al campo laboral, que por lo general propone sueldos al límite de la subsistencia. Ese es un hecho que rinde difícil lograr la independencia familiar.

El sueño de ser propietarios de una casa, como lo son la mayoría de los padres, ahora se ha convertido en una quimera, y si lo consiguen deben estar preparados a mantener un vínculo de 30 años y más con las bancas y entidades que financian la compra del inmueble

Para tener una visión más clara del problema, es necesario remontarse a la primera generación, la de los abuelos y bisabuelos, que vivieron las vicisitudes de la guerra, el hambre, la pobreza y hasta indigencia. Ellos, a diferencia de sus descendientes, fueron personas que se forjaron en las oportunidades que daban países como Bélgica, Alemania o Suiza y las “Américas”. Allí se embarcaban en duros trabajos de campo, albañileria, minería, que los obligaba a autoexiliarse de su patria y de sus afectos familiares. Sacrificio que contaba con un solo objetivo: crear un patrimonio que permita desterrar el sufrimiento para sus hijos y tener, ante todo, un techo propio y recursos suficientes para no pasar el hambre que los agobió en pasado.

Estos sacrificios, junto con el boom económico de los años 60-70, favorecieron a la segunda generación, que encontró terreno fértil para la ocupación laboral y expansión de sus intereses académicos. Ante esta cadena de desarrollo, la nueva generación ve como natural que la historia de ayuda continúe, aunque si desde entonces han pasado más de 70 años y las condiciones socio-económicas han cambiado notablemente.

Como atenuante a la actitud de los jóvenes, hay que recordar que si bien han crecido con la ilusión del mismo futuro, su ingreso en el mercado laboral se vio limitado con el choque de la realidad por las consecuencias de la crisis del 2008, lo que deja entrever que las zonas de confort siempre han existido, pero también pueden fácilmente alterarse.

Si a estas características históricas añadimos que el concepto de familia en Italia se ha quedado inmutado por siglos, como explica Lilly Gruber, - periodista de opinión y conductora- en la revista Sette del Corriere della Sera, la situación cobra un matiz más profundo y de difícil erradicación. “Para nosotros, a diferencia de lo que sucede en los países de Europa del norte, la familia numerosa siempre se ha visto como normal, aquella de los abuelos y bisabuelos, con los hijos que ya casados seguían, casi siempre, bajo el mismo techo de sus padres. Pero el mundo ha cambiado y también Italia. El mercado de trabajo pide capacidad de transferencia, iniciativa y autonomía que la sociedad campesina no preveía”.

Gruber ha recordado las estadísticas que muestran que Italia está entre las cuatro naciones de la Unión Europea, con la más alta tasa de jóvenes adultos, entre 18 y 34 años, que viven aún con los padres.

El ISTAT -Instituto Oficial de Estadística- confirma que al 2019, el 64,3% de estos jóvenes vive en familia con al menos uno de los padres, mientras el promedio europeo está en el 28%.  En estas cifras hay un dato que no es indiferente: son más los hombres (56%), que las mujeres, quienes se quedan agarrados de las faldas maternas. (I)

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