Estado Islámico sigue siendo una amenaza

El grupo terrorista perdió territorios conquistados y su líder, no obstante, se implantó con firmeza en zonas como el Sahel y está de regreso en Irak y Siria.
29 de junio de 2020 00:00

El 29 de junio de 2014, Abú Bakr al Baghdadi anunciaba al mundo desde el púlpito de la gran mezquita Al Nuri, en Mosul, que él era el nuevo “califa” de los musulmanes y que había instaurado un califato que, en pocos meses, se expandió sin encontrar mucha resistencia por amplias zonas del norte de Irak y de la vecina Siria. Y que en los años siguientes contaría con “provincias” en países de África y Asia.

El autodenominado grupo terrorista Estado Islámico (EI) se haría famoso a partir de ese momento, llegando incluso a eclipsar a Al Qaeda en cuanto a notoriedad, principalmente por sus cruentas ejecuciones de rehenes. Gracias a un potente aparato de propaganda, conseguiría atraer a miles de musulmanes a luchar por el “califato”, tanto en Irak como en Siria.

El grupo terrorista creó todo un aparato de Estado en las zonas bajo su control, sometiendo a un férreo control a la población y aplicando de forma estricta la “sharia”, con lapidaciones de adúlteros o amputaciones de manos a ladrones, entre otras muchas barbaridades que además, hacía presenciar a la población para reforzar su sistema de terror y su mensaje.

También implantó un sistema de recaudación de impuestos y se hizo con el control de yacimientos de petróleo y gas, que sirvieron para engrosar sus arcas y permitirle cometer e instigar atentados no solo en Irak y Siria, sino también en Europa y otras partes del mundo.

Pero la coalición internacional creada por Estados Unidos y las fuerzas locales, principalmente las iraquíes, lanzaron una campaña para arrebatar a los hombres de Al Baghdadi del terreno ganado.

Así, primero fueron desalojados de sus territorios en Irak, con la caída de Mosul, su “capital” en este país, en julio de 2017 y su “derrota” anunciada por las autoridades en diciembre.

Luego llegó el declive en Siria, donde además de la coalición se enfrentaron al régimen de Bashar al Assad -apoyado por Rusia e Irán- y a las milicias kurdas sirias, así como a grupos rebeldes y otras facciones islamistas.

 La caída de Raqqa, la capital del “califato”, se produjo en octubre de 2017, pero la pérdida total del territorio bajo el yugo de EI no sería hasta marzo de 2019, con la pérdida de Baghuz.

Luego vino otra derrota para el EI: la  muerte de su líder Al Baghdadi, en una operación de fuerzas especiales estadounidenses en el norte de Siria en octubre de 2019.

Se pensó que este sería el fin del grupo, pero de inmediato se nombró un nuevo jefe, Abú Ibrahim al Hashimi, quien ordenó intensificar las acciones del grupo terrorista tanto en Irak como en Siria, con ataques cada vez más audaces y sofisticados.

Washington ofrece una recompensa de $ 10 millones por Al Hashimi. El coordinador de la lucha antiterrorista en el Departamento de Estado de Estados Unidos, el embajador Nathan A. Sales, reconoce que el grupo “se adaptó para continuar la lucha desde sus filiales en todo el mundo e inspirando a seguidores a cometer ataques”.

En el caso de África, sus filiales “estuvieron activas en todo el continente” durante 2019, mientras que en el sur y el sureste de Asia perpetraron atentados e inspiraron otros, como los ocurridos el Domingo de Ramos en Sri Lanka, en los que murieron más de 250 personas, recordó Sales, “lo que supone uno de los asaltos más mortíferos de Estado Islámico” hasta hoy.

En su último mensaje con motivo del Eid al Fitr, el nuevo portavoz del EI, Abú Hamza al Qurashi, advirtió que seguirán siendo hostiles con sus enemigos e instó a sus milicianos a esforzarse para continuar en combate. (I)

58.000 menores, confinados en campos de milicias kurdas
El califato físico dejó de existir con la caída de la ciudad siria de Baghuz en marzo de 2019, pero la amenaza que representa el Estado Islámico se mantiene; incluso aún queda otro problema sin resolver, el de los hijos de los milicianos y de quienes los apoyaron, atrapados en campos como el de Al Hol, en el noreste de Siria, para los que sigue sin haber salida ni respuesta.

Esta misma semana, la Alta Comisionada de la ONU para los Derechos Humanos, Michelle Bachelet, llamaba la atención sobre estos niños. Según su oficina, casi 58.000 menores de edad de 60 nacionalidades están confinados y hacinados en campos de la zona controlada por las milicias kurdas sirias. Más de 8.000 de ellos son “nacionales de terceros países”, una cifra en la que no se incluye a los sirios ni tampoco a los iraquíes.

“Las tremendas condiciones de estos campamentos suponen un terreno fértil para grupos extremistas o terroristas como el Estado Islámico, que aprovechan el sufrimiento de la gente como herramienta de reclutamiento”, advirtió Bachelet. (I)