Inspirados en personajes de caricaturas o del cine, los jóvenes del barrio se reúnen todos los años, a inicios de diciembre, para cumplir con una tradición especial.
Su meta es elaborar años viejos gigantes. Para ello hacen colectas entre los vecinos, diseñan un plan de trabajo y dividen responsabilidades. El objetivo es que los monigotes -que a veces llegan hasta los cables del servicio eléctrico- estén listos para el 31 de diciembre. Ese día es una fiesta en la calle que se cierra al tránsito vehicular. “Es por los niños”, suelen contestar los artesanos cuando se les pregunta cuál es su motivación.
Con la vigilancia del Cuerpo de Bomberos, las obras son quemadas el 6 de enero, luego de ser cuidadosamente desmontadas por sus creadores.
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