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El ensayo

14 de septiembre de 2015 00:00

Antes de la explosión de la bomba (bautizada como “Gadget”) nadie sabía con exactitud cuál sería su alcance y lo que podría suceder.

El físico Edward Teller creía que tras la explosión la atmósfera del planeta podía incendiarse. Otro científico del proyecto logró demostrar que eso era imposible.

En la madrugada del 16 de julio de 1945, en el desierto de Alamogordo -también en Nuevo México- la prueba estaba lista. Una bomba de plutonio fue colocada cuidadosamente sobre una torre a 20 metros de altura.

Dos centenares de personas entre científicos, personal de seguridad y militares esperaban ansiosos a varios kilómetros de distancia, casi sin protecciones. A las 5:29 de la mañana comenzó la cuenta regresiva, y cuando fue detonada alcanzó una potencia equivalente a 19 mil toneladas de dinamita que se pudo escuchar en 160 kilómetros a la redonda. Nunca el ser humano había causado una explosión tan enorme.

La onda de choque llegó hasta los observadores en medio minuto; algunos cayeron al suelo y otros quedaron cegados por el resplandor. Cuando lograron recuperarse fueron testigos de la primera nube radioactiva en forma de hongo que más tarde causaría pesadillas a toda la Humanidad. Alcanzó los 12 kilómetros de altura. El experimento había sido un éxito, algunos científicos no festejaron.

El director del proyecto, Robert Oppenheimer, tras la explosión recordaría un pasaje de un libro sagrado hindú: “ahora me he convertido en la Muerte, destructora de mundos”. Y aún había material para dos bombas más, que dos semanas después cruzaban el Océano Pacífico para ser lanzadas primero en Hiroshima y luego en Nagasaki.

El mundo presenciaba horrorizado el poder de destrucción de las armas más poderosas jamás construidas. La humanidad había abierto la puerta a la posibilidad de su propia extinción. (I)

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