Ecuador / Domingo, 08 Febrero 2026

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Fotos: Álvaro Pérez / El Telégrafo

La Semana Santa Quiteña: entre la marca, la espectacularización y las prácticas sociales

Fotos: Álvaro Pérez / El Telégrafo
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Fue hace cuatro años cuando acudí por primera vez a la ceremonia del Arrastre de Caudas que se lleva a cabo cada Miércoles Santo en la catedral, y en la que participan en procesión obispos y acólitos en un acto de luto que cierra el arzobispo, llevando en sus manos un relicario con restos de la cruz original donde murió Jesucristo.

Recuerdo haber notado que muchísimos fieles, durante la ceremonia, rezaban de rodillas con devoción mientras el relicario recorría el templo. Personas de la tercera edad, en su mayoría, y también otras más jóvenes, reclinadas en las bancas en oración y silencio, de pronto se veían interrumpidas en sus oraciones por pisotones y empujones de turistas y curiosos con cámaras fotográficas y de video que no querían perderse ni un solo momento del recorrido de los sacerdotes. Otros disputaban, a como dé lugar, la esquina de alguna banca, para apropiarse de ella, usarla como tarima, sacar el celular del bolsillo, estirar el brazo y tomarse una selfie con alguno de los obispos, si fuese posible.

La devoción de los fieles parecía importar muy poco a quienes no habían acudido por fe a la catedral. Así, por un gesto político y de respeto, decidí no volver a esta ceremonia, aunque me digan que es la única catedral del mundo donde aún se realiza este ritual religioso.

Lo que acabo de relatar ocurrió cuando apenas resonaba la marca de ‘La Semana Santa Quiteña’, en el año 2011, una iniciativa de la Alcaldía Metropolitana, a través de la Empresa Metropolitana Quito Turismo. Se hablaba aún muy por encima de la gestión turística del patrimonio sacro y del turismo religioso como un nicho de mercado del que se puede generar valor económico, uno importante, de hecho. Así ha ocurrido en otras ciudades del mundo: el Vaticano y Sevilla son un claro ejemplo de urbes que reciben a millones de turistas para ‘apreciar’ rituales, arquitectura y otros elementos religiosos.

En el caso de la ciudad de Quito, dos imaginarios estarían en juego con la activación de esta marca patrimonial: primero, el identitario, relacionado con el Quito “conventual y religioso”.

Dialogando con Blanca Muratorio —antropóloga, profesora emérita de University of British Columbia, Canadá, y profesora asociada de Flacso, recientemente fallecida en noviembre de 2014—, se evidencia la apropiación por parte de las élites locales de expresiones de la religiosidad popular, como la procesión del Viernes Santo —con su ritualidad, oficios y productos artesanales relacionados, cantos, oraciones, etcétera—.

Estas expresiones, al ser clasificadas por un ‘ojo autorizado’ como ‘propias’, ‘auténticas’ y, por ende, ‘patrimoniales’, no solo permitirían a las élites proyectarse solamente como ‘cultas’ —dice Muratorio— sino como poseedoras de una cultura (de una cultura que no se vive, sino que se mira a distancia desde los balcones o a través de una pantalla de televisión).

De manera complementaria, en la actualidad, las políticas de la memoria y del reconocimiento generan un proyecto de quiteñidad mediante la construcción de símbolos identitarios, en estrecha relación con el segundo imaginario en cuestión: el de la marca ciudad, que a través de las alianzas entre el sector público y el capital privado, permite la explotación de estas prácticas religiosas con fines turísticos.

En definitiva, para las élites, la teatralización del patrimonio religioso, y por ende, la administración de estas prácticas, tiene un interés cultural vinculado a la construcción de narraciones de identidad, pero también es determinante su rentabilidad.

El impacto económico de la implementación de este tipo de marcas se mide por la ocupación hotelera, las ventas generadas en restaurantes durante esas fechas —se contarán el número de platos vendidos de fanesca, de higos con queso y de molo, entre otros—, la cantidad de visitantes que acuden a la procesión y a los museos, exposiciones y festivales, todos eventos relacionados con la Semana Santa, entre otros.

De la consecución de estos indicadores dependerá el nivel de competitividad en el mercado internacional de esta marca turística. Sin embargo, si hubiera que hacer una lectura económica, sería preferible pensar en el beneficio que pudieran obtener a través de estrategias venidas la creatividad social, formas de economía popular y solidaria que no se cuantifican en estos indicadores de impacto por ser consideradas, muchas veces, informales, ilegales o no turísticas.

Pongamos por ejemplo la venta de alimentos, agua, estampas religiosas y otros pequeños elementos, durante la procesión del Jesús del Gran Poder; en los cucuruchos portabotellas que elaboraba artesanalmente y comercializaba la Asociación de Vecinos Guardianes del Patrimonio San Roque; el combo ‘fanesquero’ (de productos para preparar fanesca) que expenden en sus puestos las caseras del Mercado San Francisco. Estas ‘fugas’ que se producen en los intersticios de la industria turística y que responden a prácticas sociales, sospecho que, conforme avance la patrimonialización de la llamada ‘Semana Santa Quiteña’, irán borrándose del escenario, pues, es claro, este proceso implicará mayor control, regulación y ordenamiento del espacio público, escenario de varios de los actos religiosos.

La implementación de una marca turística indudablemente está atravesada por medidas de ‘embellecimiento’ de la ciudad que implican lo que podría llamarse ‘limpieza social’: desplazar a los vendedores informales, por ejemplo, y también ordenar a los visitantes (ya no fieles, sino espectadores seleccionados que pueden pagar por el alquiler de un puesto) en filas de bancas y balcones para observar la procesión desde un lugar cómodo y correctamente ubicado luego de una cuidadosa planificación. Se comercializa la ilusión de participar en el acto religioso, aunque las prácticas de vida sean ejercicios distintos.

Paralelamente, se arman paquetes turísticos que incluyen una selección de tiendas de recuerdos y restaurantes que cumplen ciertos parámetros establecidos, que difícilmente responden a lo se conoce como prácticas de lo popular.

Entonces, si la justificación para la creación de este tipo de marcas, por sobre la importancia ritual y religiosa para los devotos, es la producción de valor económico, habría que preguntarse, ¿para quiénes se instaura la fiesta? Y ¿en qué negocios, en los de quién, quedará la rentabilidad generada por este tipo de marcas? Resulta complicado pensar en esa frágil y delgada línea que divide la espectacularidad de los actos de fe con sus prácticas arraigadas de religiosidad popular, así como pensar en el momento en el que los significados culturales, siempre móviles e incompletos, se negocian y se desplazan de un lado a otro.

Quizá los trajes y capirotes de los cucuruchos volverán a ser más grandes y sus colores diversos como lo fueron hace varias décadas, o las Verónicas aumentaran para equilibrar su presencia con el número de cucuruchos, durante su paso por las calles.

Asimismo, es muy probable que se piense en uniformar y ordenar a los penitentes, dentro de la procesión, para lograr mayor efectividad de esta especie de performance identitario procesional, a modo de una coreografía, o que vuelvan a escena personajes que la misma práctica social sacó del libreto.

Sería poco recomendable, en realidad, que ciertas prácticas ajenas intervinieran en los ritos, como el caso de que medios de comunicación y turistas en actitud invasiva accedieran a aquellos espacios íntimos donde se da la preparación de los trajes, el ritual de vestimenta de los penitentes y los mismos actos de arrepentimiento, que suelen ser ejercicios en solitario.

Quizá sea mejor pensar, a nivel de ciudadanos y autoridades, en políticas de la memoria que no reproduzcan las expresiones culturales objetualizándolas, sino que a partir de ellas se cuestionaran significados culturales aparentemente fijos, interpelando de esta manera nuestras propias creencias, las relaciones sociales en diferencia, los conflictos culturales que, en realidad, son los que permiten la vigencia de estos y otros ritos.

Pero, al parecer, lejos estamos de ello.

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