La sabiduría de los saraguros, una riqueza invaluable (Galería)

- 22 de marzo de 2015 - 00:00

Las imponentes montañas de la Sierra ecuatoriana son las primeras en dar la bienvenida a los turistas que visitan Saraguro. Ubicado en la provincia de Loja y Zamora Chinchipe, al sur de Ecuador, este pueblo milenario abre las puertas de sus hogares a viajeros de todo el mundo como parte del proyecto de turismo comunitario.

La historia oral, narrada por los pobladores, dice que son descendientes de los mitimaes. Los saraguro llegaron en calidad de ejército del Inca Huayna Cápac cuando este empezó a conquistar los territorios del Chinchansuyo. Radicados en esta zona del país hicieron una sola fuerza con el pueblo Cañari. Desde entonces, han vivido en estas tierras.

Se creía que su vestimenta negra representaba un luto permanente por la muerte de su líder. Con su atuendo “recuerdan la fatídica lle­gada de los conquistadores que mancillaron sus tierras, sus costum­bres y su honra, sellando con la muerte de Atahualpa” señala el portal web Grupos Étnicos.

Aunque esta creencia se ha extendido, para el pueblo Saraguro tal luto no existe. El predominio del color oscuro en sus prendas se debe, principalmente, al clima frío y al uso de materia prima proveniente de llamas y ovejas que mayoritariamente eran negras en la época de las conquistas. Hoy la tradición se mantiene.

Los ponchos y cinturones de cuero combinados con piezas de plata son muy llamativos en los hombres. Mientras que las mujeres lucen coloridas gargantillas de mullos y piedras, además del topo (o tupu) de plata que llevan en el pecho para ajustar su chal. Su vestimenta tradicional completa, considerada de gala, la utilizan solo en ocasiones especiales.

Aunque sus prendas son llamativas, el mayor valor de este pueblo radica en su capacidad para mantener sus tradiciones. Con una cultura muy rica, los saraguros permiten a los viajantes convivir con ellos en sus hogares en medio del campo.

Cada familia tiene el espacio adecuado para acogerlos. De esta manera, los viajeros tienen la posibilidad de conocer de cerca sus tradiciones. María Delfina Cartuche, de la comunidad de Ñamarín, se dedica a esta actividad desde hace 10 años. Según dice, cada año recibe a cerca de 15 turistas. El diseño rústico de su hogar en medio del campo resulta único para los turistas.

Quienes viven esta experiencia advierten que al convivir con una familia saragura se aprende a trabajar en la huerta, a fabricar muebles, a elaborar artesanías e incluso prendas de vestir. Pero, en el caso de esta comunidad, no se trata solo de recibir, sino también de dar.

La familia que acoge y los turistas suelen realizar intercambios de los platos típicos, provenientes de sus países de origen.

María ha recibido a turistas de Estados Unidos, Francia, Alemania, Italia, Irlanda, Bélgica, Colombia, Perú y Ecuador. Aunque los visitantes no siempre conocen el idioma, todos se dan modos para comunicarse.

A pocos pasos, se encuentra el hogar de María Rosa Asunción Guamán Lozano, conocida como ‘Mama Rosa’ —en esta cultura a las personas mayores de 50 años se las llama mamas y taitas— quien en su vivienda ha mantenido un taller de artesanías durante más de 3 décadas.

La mayoría de sus objetos son elaborados con lana de borrego hilada y tejida por ella y su familia. Tiñe la lana con plantas como garo, llama, laurel, piñán, chamana, palmillo blanco, dalia, nogal, entre otros. Es un proceso laborioso, pero necesario para obtener el color deseado.

Los viajeros que visitan a Mama Rosa, considerada una mujer sabia, pueden aprender con ella a hilar y tejer.

Cuando llega la hora de la comida, los turistas pueden degustar los platillos tradicionales que incluyen cuy asado, papas, arroz, pan, queso, salsa de pepa de zambo y quinua. Las bebidas tradicionales son la horchata, la chicha de jora elaborada con maíz fermentado y el guajango hecho con el extracto del penco.

Rodeada de paisajes andinos, también es posible cabalgar por la comunidad o alejarse a las montañas. Se organizan excursiones en el bosque Washpamba, o para quienes prefieren recorrer en bicicleta las colinas de Zhindar hasta llegar al valle del río León también hay opciones.

Uno de los sitios más conocidos en Saraguro son Los Baños del Inca, un lugar natural con cuevas y cascadas. Quienes disponen de más tiempo pueden optar por una ruta más larga. En ese caso, pueden visitar las comunidades saraguras localizadas en la Amazonía. No importa el lugar que escogas, en todos ellos, podrás disfrutar de un ambiente apacible mientras conoces y valoras la cultura de las comunidades.

Ubicado a 2.500 metros sobre el nivel del mar, Saraguro tiene una temperatura que oscila entre los   14 °C y 18 °C (grados Celsius). Tiene alrededor de 30 mil habitantes, de los cuales el 70% son mestizos campesinos y el 30% son indígenas saraguros.

Según Bolivio Minga, presidente de la operadora de turismo Saraurko, la comunidad se unió para emprender una nueva forma de turismo enfocada hacia el respeto de los valores culturales y las tradiciones propias del lugar.

Su objetivo es dar a conocer al mundo su riqueza cultural y lo están logrando. En 2014, recibieron a más de 2 mil visitantes. Además, todos los ingresos que genera el turismo comunitario se distribuyen entre todos.

“El sombrero es una corona que significa poder”

Una de las tradiciones del pueblo Saraguro que llama la atención porque ha perdurado con el transcurso de los años es el uso de su sombrero blanco de lana.

En la comunidad de Tuncarta, Francisco Sarango se dedica a fabricarlos. Una vez escarmenada la lana blanca de borrego, la tiende en una mesa y la pica. Después le da forma de láminas, envuelve estas en un lienzo, las amarra y las prensa. Una vez que alcanzó la textura de un paño tierno, se la polvorea con betún; después la pasa por el vapor para que el betún se diluya y se adhiera la siguiente capa de lana. Después de un proceso de lavado, se aprieta el sombrero. Cuando está seco, se lo coloca en los moldes para continuar con el planchado. Las manos de Francisco dan los últimos detalles en la forma y los pinta. Se lija el sombrero y se da la última capa de pintura elaborada con óxido de zinc. Por último, se le da una capa de impermeabilizante.

Por lo general, se utiliza una libra de lana en cada sombrero y su elaboración toma de 1 a 2 días. El costo de este producto puede variar, pero Francisco lo ofrece por $ 60. Las tallas más vendidas son la 55 o 56, aunque actualmente es solicitada la talla 48 para los niños.

La duración del sombrero depende de los cuidados que este reciba. La calidad de este accesorio también dependerá del tipo de lana con la que se fabrique. Lo recomendable, según los conocedores, es que la oveja no sea trasquilada durante un año.

Este muy tradicional sombrero del pueblo Saraguro pesa aproximadamente 3 libras, es duro y suele tener manchas negras.

Rito de sanación y florecimiento

Conchas y piedras forman en el piso el espiral de la vida, alrededor se colocan las varas del poder, flores y la bandera del Tahuantinsuyo que representa la diversidad de culturas y energías. La chacana es hecha de romero, conocida también como crucero, útil para colocar las velas y usada en ceremonias especiales. Se trata de un altar que representa a la Pachamama.

En la comunidad Ilincho, Luis Antonio Lozano realiza rituales de sanación para que “los viajeros absorban las buenas energías de la madre tierra”.

Las piedras son importantes en la formación de este altar. En el mundo andino se considera que tienen un gran poder energético, que tienen espíritu, es decir vida, al igual que la tierra.

Es fundamental para el ritual tener los 4 elementos: tierra de colores, fuego en las velas y en el sahumerio, aire con los instrumentos de viento que se tocan durante la ceremonia y agua que es la bebida que los visitantes deben tomar.

El objetivo del ritual, que dura alrededor de 30 minutos, es conseguir equilibrio energético en el alma y en la vida. El espiral de la vida representa el volver de los tiempos, retomar las tradiciones y la cultura.

La espiritualidad es fundamental para el pueblo Saraguro, y parte de esas creencias desean transmitirlas a los visitantes, aunque provengan de otras culturas. Tras este viaje, los turistas no solo regresan a casa recargados de energía, sino más conscientes de la riqueza cultural de los saraguros.

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