El luto invadió las calles de Ibarra

21 de febrero de 2012 - 07:00
Con una emotiva ceremonia, las familias Alvarado, Castillo y Guamán despidieron ayer a los seres queridos que fallecieron en el accidente de la vía Ibarra - San Lorenzo, ocurrido la mañana del domingo.
Después de una misa multitudinaria efectuada en el edificio de la Sociedad de Artesanos de Ibarra, se inició el traslado de los féretros en los que reposaban los cuerpos de los comunicadores Mauricio Alvarado y Ana Guamán, quienes fallecieron junto a otros seis familiares, en el evento donde se extinguieron, en total, 29 vidas humanas.
Al mismo tiempo, circulaban por la calle Pedro Vicente Maldonado otras procesiones integradas por familiares de las víctimas fatales, con dirección a los cementerios de la ciudad.
Murmullos y llantos se escuchaban en las calles, al tiempo que los moradores del sector salían a las ventanas o puertas de las calles en señal de solidaridad.
La caravana de Alvarado fue liderada por miembros motorizados de la policía nacional quienes abrían paso a la multitud de familiares y amigos que llegaron inclusive desde otras provincias para acompañar a los deudos.
La carroza que encabezaba la marcha era un vehículo Ford antiguo, propiedad de la sala de velatorios que contenía el ataúd de Yolanda Sánchez, suegra de Alvarado.
Para el traslado de los demás cuerpos fue necesaria la asistencia de un camión y dos camionetas. Otros automotores fueron destinados para los familiares cercanos, quienes no podían disimular el dolor derivado de la tragedia.
Aproximadamente a las 17:10, la caravana se desvió por la avenida Teodoro Gómez de la Torre, a la altura de la unidad educativa homónima.
Posteriormente continuó por la avenida El Retorno donde el tráfico se paralizó.
Las calles ibarreñas estaban impregnadas con un aroma a hierba húmeda a causa de las lloviznas que cayeron en el transcurso del día. Los adoquines exhibían un color oscuro que contrastaba con la opacidad del cielo nublado, bajo el cual transitaba la caravana fúnebre.
Antes de ingresar al cementerio San Miguel de Ibarra, los familiares levantaron los féretros en sus hombros y caminaron cegados por las lágrimas.
El ataúd del pequeño Adrián, hijo de Alvarado, era de color blanco y resplandecía entre los arcos de hierba que rodeaban el sendero principal del recinto.
Los lamentos de la gente se fundían hasta volverse confusos, pero todos estaban relacionados con la sensación de vacío que comenzaba a gestarse. Eran palabras cargadas de nostalgia e incertidumbre.
Por los pasillos del cementerio fluyó una multitud vestida de luto, integrada por los allegados de Alvarado y de otras víctimas.
Antes del anochecer, alrededor de las 18:00, el féretro de Alvarado fue ingresado al nicho y emparedado tras una lámina de piedra.Posteriormente, ya no hubo espacio para recordar anécdotas sino únicamente para llorar la pérdida derivada del trágico accidente.

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