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‘El consumismo es una esclavitud autoimpuesta’

19 de diciembre de 2015 00:00

En lugar de comprar lo imprescindible, adquirimos lo que no es necesario.

Dejamos de ser austeros para convertirnos en consumidores a tiempo completo. Compramos en cualquier época del año, pero en Navidad prácticamente perdemos la virtud de la austeridad y nos volcamos a adquirir productos que, en muchos casos, resultan inútiles.

Pocos son capaces de agotar la vida útil de los objetos que usan a diario antes de desecharlos. De hecho, el denominado modelo de bienestar de la sociedad actual se basa en la posesión y acumulación de bienes.

Sobre este tema, el sacerdote español Julen Salazar, párroco de la iglesia de Iñaquito, dice que el sistema en el que vivimos no promueve la austeridad. Un ejemplo de esto —comenta— es que a menudo se cambia de teléfono celular únicamente porque aparece un modelo nuevo, aunque tenga funciones que no se utilizarán.

¿El consumismo es una nueva forma de esclavitud?

Sí, pero, además, tiene una peculiaridad: es una esclavitud autoimpuesta y generada por un sistema que me parece un tanto perverso. Puede ocurrir que alguien te obliga a ir por el mar a remar, como un esclavo, pero nadie te obliga a comprar y derrochar.

Acumulamos mercancías como si nunca fuéramos a morir, ¿por qué a pesar de adquirir productos, no somos felices?

Hay muchas lecturas de este fenómeno, por ejemplo, el hecho de que hemos cambiado el vínculo que mantenemos con las personas para crear vínculos con las cosas. Intentamos suplir nuestras ansias y deseos de relación, plenitud y felicidad con la acumulación de mercancías. Me parece que el consumismo vincula las necesidades personales (de autoestima, autoconfianza y prestigio) con los objetos a venderse. Estos vínculos que se generan con los productos se pueden tornar cada vez más viciosos, porque a pesar de adquirirlos seguimos teniendo los mismos problemas. Sale otro producto de gama superior y también queremos comprarlo, pensamos que al adquirirlo seremos más felices, pero no es así.

Hay quienes piensan que la austeridad está reñida con el bienestar y, por supuesto, con la felicidad. ¿Cree que es posible prescindir de lo material?

Claro que es posible. Es evidente que todos estamos inmersos en el tema del consumismo, porque llegan estas fechas y nos toca organizar, aquí en la parroquia, el agasajo a los niños. La Navidad tiene algo especial, algo de cariño y ternura que me parece que a todos nos conmueve. Hay que rescatar lo positivo que tienen estas fechas y, en cierta manera, todos queremos comprar un detalle y preparar una comida en familia; eso está bien.

¿Hay otras opciones para hacerle frente al consumismo?

Sí, me parece que hay que cuidar otros aspectos que podemos pasar por alto en estas fechas. Cuando alguien te hace un regalo, tú no abrazas el regalo, abrazas al regalador, eso es lo que hay que rescatar. Hay que dar más valor a la intención, al cariño... Es más importante saber perdonar, porque en estas fechas no debería haber discusiones. El tema de los encuentros familiares con los amigos y los obsequios está bien, pero sin exageraciones. Podríamos hacer regalos alternativos. Ahora hay tiendas que comercializan productos reciclados. Hay gente que es muy hábil y que los produce. Me parece que hoy se abre una gama de alternativas.

En estas fechas en las que parece que todos nos volcamos a comprar, ¿es posible ser solidarios?

No solo es posible, sino necesario y urgente, muy urgente. Hace pocos días se llevó a cabo el encuentro mundial sobre el cambio climático y, año tras año, nos han dado los mismos mensajes, es decir, que no es racional el uso que hacemos de la madre naturaleza. Este tema también está relacionado con el consumo desmedido. Siempre será necesario ser solidario y compartir.

¿Compartimos lo que nos sobra?

Bueno, si todos dieran lo que les sobra ya sería bastante, porque a veces ni lo que sobra se regala. Tenemos el clóset lleno de ropa que no usamos en años. Por eso, nosotros insistimos en que nos traigan esta ropa que ya no usan para la tienda solidaria, donde la entregamos a precios módicos a gente que la necesita. La comida también se nos daña, podemos compartirla.

Con frecuencia, quienes tienen menos comparten más.

Sí, solo hay que recordar este gesto de la viuda del Evangelio que da lo que le falta y de lo poco que tiene para comer. Esta es una difícil clave, pero es Jesús quien nos la propone no solo en época de Navidad. El gran bien que tenemos para compartir, aunque parezca sencillo, es el tiempo que le regalamos al otro. Me parece que tenemos que ser un poco alternativos en estos tiempos hasta para perder el tiempo con la gente y no perder el tiempo en el trabajo.

Pero eso, según el modelo capitalista, es ser improductivo.

Sí. Me parece, además, que somos capaces de hacer las cosas cada vez más rápido. Tenemos toda la tecnología para comunicarnos con más facilidad, pero no tenemos tiempo para nada, lo cual es un contrasentido. Igual nos llenamos de actividades, escapando de un silencio interior en el que parece que no estamos tan a gusto.

¿Nos cuesta estar a solas, lejos del bullicio del mundo?

Sí, es un mundo ruidoso. Hay ruido en todos lados y de forma permanente. A veces, y yo me incluyo, vamos por la calle con los audífonos puestos y llegamos a casa y encendemos el televisor o la radio en la cocina. Parece que el ambiente es tan hostil que necesitas crear tu propio mundo. Encontrar ese momento de silencio es una asignatura pendiente.

¿Al estar tan ensimismados en nuestro mundo, podemos correr el riesgo de perder la sensibilidad?

Creo que la sensibilidad no se ha perdido, porque mucha gente está llamando estos días por teléfono para decir ‘queremos hacer un agasajo con los niños; quieren involucrarse’. Lo que pienso es que el gran peligro social va por otro lado. Nos ocurren demasiadas cosas, demasiado rápido y demasiado intensas.

¿Y eso no es lo ideal?

Bueno no, si ponemos como ejemplo las noticias, las personas pasamos de ver las tragedias de Siria al partido de Leonel Messi o de Ronaldo y de ahí a la farándula. En 5 minutos hemos pasado de un tema a otro sin continuidad y no tenemos tiempo como para profundizar en la vivencia y en la experiencia. Con ese contexto, podemos decir que somos sensibles, pero cuando quieres movilizarte y ayudar a otros, te han llegado 100 wasaps, tienes otras tantas reuniones y vamos, como dicen algunos sociólogos, surfeando por la realidad. Viene una ola y nos subimos a ella, pero inmediatamente después, viene otra y otra. Así que la primera ola ya quedó atrás y ni nos acordamos de ella. ¿Dónde quedó lo de Francia, lo de los atentados? Ya no hay seguimiento, ya nadie se acuerda.

En una ocasión dijo que la sensibilidad es un poco epidérmica. ¿Lo sigue creyendo así?

Claro, esta sensibilidad —podría decir— es de baja intensidad. Nos conmueve, pero luego lo olvidamos con relativa facilidad, porque tenemos 50 cosas más que han captado nuestra atención y nuestra sensibilidad se ve disminuida. Vivir así es bastante difícil.

¿Esa sensibilidad se hace quizás más evidente en quienes profesan determinadas religiones?

Es un rasgo de humanidad, no creo que exista una religión que no contemple el principio de solidaridad. El mismo islam lo hace. Por ejemplo, el ayuno, la oración y la limosna son prácticas de piedad comunes al islam, al cristianismo y al judaísmo y seguramente si estudiamos el resto de religiones también los contemplarían.

¿Cree que los padres de familia inciden en los niños al tener ese gusto por el consumo?

Me parece que todos incidimos en ese aspecto, porque el sistema es como un tsunami que llega y nos va llevando. Si se fija, todos tenemos un mejor teléfono, un mejor computador, un mejor carro. Es verdad que con mejores equipamientos puedes trabajar mejor y, en teoría, vivir mejor, pero algo pasa en esa ecuación, por lo que no está ocurriendo eso.

¿Hay un vacío?

Hay un vacío, claro. En esa ecuación de tener mejores cosas pensamos que tendremos una vida mejor, pero no sé si la comodidad se equipara a la felicidad. Además, la vida te sacude algún momento, y te das cuenta de que lo material no es lo importante. Al mismo tiempo la vida nos invita a tener miedo. Me parece que vivimos en sociedades del miedo. Rejas, alarmas, miedo a los fanáticos islámico. Cada vez intentamos poner más la confianza en asegurar materialmente mi vida y la vida de los míos.

Julen Salazar, sacerdote español.
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