En el año 2000, el presidente argentino Fernando de la Rúa fue invitado al popular programa Video Match, conducido por el showman y productor de televisión Marcelo Tinelli. Al finalizar la entrevista, una toma mostraba al presidente detrás de Tinelli, sin atinar a encontrar la salida. El efecto fue la burla nacional a costilla del primer mandatario.
El episodio se produjo en el peor momento del régimen: una extrema vulnerabilidad externa, sin mayoría parlamentaria, con una buena parte del movimiento que auspició su candidatura dispuesto a traicionarlo. Poco carismático y austero en comparación con su antecesor, terminó su mandato dos años antes, abandonando el país en helicóptero y dejando un país en llamas.
Los ejemplos sobre situaciones incómodas, papelones, o actuaciones de políticos que rayan en el ridículo son incontables en el mundo, se licuan en el subsuelo mediático que privilegia el espectáculo y la burla como ruta segura hacia el rating.
Pero el humor es cosa seria. En situaciones de crisis la chanza, el sarcasmo, expresan una reacción emocional. En una sociedad suelen ser mecanismos de resistencia política que evidencian el estado de ánimo de una comunidad, y su pérdida de credibilidad en mandatarios de todo nivel e ideología y la de sus partidos.
La reputación y representatividad de la política ecuatoriana flota en medio de la más grave crisis económica de su historia. Pese al dramático diagnóstico, en estas elecciones muchas de sus caras visibles dan pie para la burla ciudadana.
Actualmente, la irreverencia aguzada por el ingenio se irradia a través de las redes sociales masificando expresiones críticas sobre la autoridad. Aquellos que mal asesorados impostan su personalidad en un afán de volverse simpáticos o naturales a los electores logran el efecto contrario al que buscan, pues a despecho de una voluntad originada en la genuina personalidad de algunos o en una estrategia de comunicación, el humor requiere entre otras cualidades, inteligencia. En ausencia de este atributo fundamental, el humor político se convierte en un chiste banal y fugaz, que suele recordarse por ridículo o inoportuno; por otra parte, ser natural, no es resultado de una técnica, es una conducta que refleja un modo de vida
Sin liderazgo, ante el desinterés y el rechazo de la ciudadanía, la demagogia y la novatada ceden a la irresistible tentación de trivializar la campaña. El empeño en subir niveles de conocimiento e intención de voto sin propuesta de fondo muestra desprecio hacia los electores, pues los trata como consumidores de la llamada política basura.
Mirar políticos que abandonaron sus funciones en helicóptero, o fugaron del país dejando una secuela de caos y descontento presentarse como adalides de la anticorrupción o la eficiencia, es un chiste que se cuenta solo; votar por aventureros, por quienes hacen campaña para comprar el voto, o por los representantes de los mismos grupos de poder responsables de poner al Ecuador al borde del abismo, es un derecho democrático, pero no tiene ninguna gracia.
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