¿Toda la libertad para consumir pura grasa y enfermarse gratis?
La pregunta es válida en una sociedad que va superando la pobreza, pero ingresa en otros niveles y hábitos de consumo. Lamentablemente, hay una cultura gastronómica que se apodera de nuestros hogares y familias, que no pasa precisamente por un mejoramiento en la calidad de la dieta y otras formas de alimentación.
Esa cultura, afincada hondamente en el libre mercado, en la publicidad agresiva y en supuestos postulados de la libre elección (¿hasta para morir?), nos invade como sinónimo de bienestar, desarrollo y crecimiento social.
El Estado está para velar por el bienestar común, por ello debe adoptar medidas que, aunque puedan parecer impopulares, garantizan ese objetivo de bienestar, porque -además- es ese mismo Estado el que afronta las consecuencias de esa cultura en la atención médica y en los planes de salud y educación.
Por ahora, de verdad, nos hace falta combatir el consumismo en todas sus manifestaciones, para entender que el Buen Vivir también es comer mejor.
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