El legítimo derecho de vivir en paz
Cuando Víctor Jara -el cantautor chileno torturado y asesinado por la dictadura de Augusto Pinochet- interpretaba la canción “El derecho de vivir en paz” se refería al desprecio por el ser humano que expresaban las dictaduras escudadas en el pretexto de frenar la expansión del comunismo, y como una expresión estratégica de la Guerra Fría.
Este himno a la solidaridad también defendía la protesta como una de las herramientas democráticas contra el totalitarismo y la sordera del poder político internacional.
Pero este recurso utilizado en escenarios en los que la voluntad popular luchaba contra los desajustes heredados de los viejos partidos políticos, como en el caso de Ecuador, era vacío, oportunista, y tan falso como sus amenazas de “llegar hasta las últimas consecuencias”, o esa otra verdad manipulada cuando se trata de conveniencias en torno a que “el pueblo unido jamás será vencido”. Y no es que haya perdido vigencia el valor que esgrime el ser humano cuando se siente amenazado.
Lo que sabe mal y repudia la ciudadanía es el chantaje, la violencia física y verbal contra funcionarios probos y acciones necesarias, que podrían ser perjudiciales sin proponérselo. Por ejemplo, cuando se paraliza la vía a Daule con llantas incendiadas, a nadie se le ocurre medir el perjuicio causado a quienes pretenden llegar puntuales a sus lugares de trabajo. Igual si a la concesionaria que posibilita el servicio de agua potable se le rompe una tubería, o si a la corporación de telefonía le roban los cables.
Cualquier tonto sabe que los cambios estructurales de un proceso revolucionario no son inmediatos, tienen que vencer la mentalidad conservadora, incluso, de los beneficiarios, para mostrar resultados en el mediano plazo.
Entonces surgen grupos seudorrevolucionarios cuya preocupación histórica -y eso los delata- es boicotear los cambios emprendidos. Estos profetas del desastre, y ahora falsos defensores del horario de trabajo de estudiantes y profesores del sistema educativo del país, acaban de cometer otro error: su capacidad de deformación ideológica, plasmada en varios colegios de la capital, tiene en estado de coma a un joven engañado por ese discurso embustero.
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