Es un mito que solo las mujeres embarazadas tienen antojos. Cuando se requiere comer, el estómago envía una señal al cerebro que desencadena la sensación de hambre, cuando ya consumimos suficiente alimento, se libera un neurotransmisor específico a nuestra sangre, que provoca la sensación física de saciedad.
En el caso de los antojos, no es nuestro estómago el que exige comer porque requiere energía y nutrientes, sino que es nuestro cerebro el que tiene hambre y no hambre de cualquier alimento.
Los científicos sostienen que los antojos comienzan muy temprano, incluso antes de nacer, cuando los fetos son capaces de sentir los sabores en el líquido amniótico.
Al nacer, el comportamiento del bebé a la hora de mamar, depende de lo que comió la madre, mientras más variada la dieta de mamá, el paladar del pequeño estará dispuesto a consumir más comidas una vez que pasan a los sólidos.
Los antojos son reales, como lo demuestran algunos estudios de resonancia magnética funcional, en los que se ha determinado que las regiones del cerebro asociadas a la memoria, la emoción, la sorpresa y el estrés se iluminan cuando una persona tiene una intensa ansiedad por determinada comida. Y que la respuesta del cerebro, en combinación con una señal visual, aumenta el nivel de la “hormona del hambre”, la leptina.
En otras palabras, el estrés, la tristeza, el aburrimiento o la influencia externa conspiran para que los seres humanos sientan hambre con más frecuencia.
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