Los cronistas en Guayaquil

03 de julio de 2011 - 00:00

“Ya está representado el pasado y el presente, ahora también te nombraré a ti que eres el futuro”, fueron las palabras que dijo el alcalde de Guayaquil en 1978, el Dr. Guillermo Molina Defranc, al momento de posesionar a Rodolfo Pérez Pimentel como uno de los cuatro cronistas vitalicios de la ciudad, según el libro biográfico Ecuador profundo, de Pimentel.

Este cargo honorífico lo recibió Pimentel -biógrafo del Ecuador y miembro de la Academia Nacional de Historia-  junto con tres personajes destacados de la investigación histórica y las letras: Miguel Aspiazu Carbo, Abel Romeo Castillo y Luis Noboa Ycaza (fallecidos).

La historia de una ciudad suele ser vista desde diferentes perspectivas. Por un lado están los cronistas, quienes se encargan de compilar y redactar hechos históricos o de actualidad; y por el otro, se encuentran los historiadores, quienes tienen la labor de interpretar, analizar y explicar los procesos sociales de un lugar.

El historiador Ángel Emilio Hidalgo hace una categorización para explicar la diferencia que existe: “Tendemos a creer que los cronistas son historiadores, no necesariamente es así. Yo los dividiría en tres categorías: Hay cronistas como tales, cronistas historiadores e historiadores profesionales”.

3-7-11-biblioteca2Los cronistas historiadores, detalla Hidalgo, combinan la descripción y la crónica con un cierto análisis, pero los historiadores son los que se dedican a explicar e interpretar los procesos sociales, económicos, políticos y culturales que se dan a través del tiempo. “Eso es algo que hay que tenerlo muy claro”, recalca este historiador de 37 años. Carlos Calderón Chico, periodista e investigador, concuerda en ciertas cosas con Hidalgo.

Para Calderón Chico, el cronista es un hombre o mujer que tiene un conocimiento vasto sobre su ciudad, que sabe contar los entresijos, los momentos de un presente, con gracia, con erudición y amenidad.

“El cronista se diferencia del historiador en que éste último es un estudioso profundo, analítico y severo de la historia”, explica Calderón. “Usa, analiza y  revisa documentos de largo alcance y de mucha antigüedad; y el cronista, por su parte, tiene la capacidad de llegar mucho más fácil al público, su intención es contar y lo hace amenamente”.

La historia es vista como la ciencia, mientras que a la crónica se  considera el oficio de informar; se habla de la objetividad en el conocimiento histórico y de la subjetividad que se da mucho en la crónica.

Una crónica no necesariamente es historia. Es un documento que puede servir al historiador, pero por sí sola es una narración, a la larga, más cercana al evento literario que al histórico. Las coincidencias entre estas dos vertientes radican en la investigación y la perspectiva que cada uno le da al sentido del pasado, ya que consideran que a él solo se puede llegar por medio de documentos y entrevistas.

A la hora de mencionar a Jorge Martillo Monserrate, Hidalgo y Calderón Chico coinciden en considerarlo el cronista sucesor de la ciudad.

Sin embargo, para Ángel Emilio Hidalgo, lo que realmente se necesita no son cronistas ni cronistas vitalicios, sino historiadores. “La sociedad guayaquileña debería sentar las bases de una academia en ciencias sociales, es decir, ya no tenemos que preguntarnos cuál será el siguiente cronista vitalicio de Guayaquil, sino preguntarnos si en el futuro habrá la posibilidad de que se puedan formar profesionalmente historiadores; gente que analítica y científicamente se aproxime a lo social, con instrumentos teóricos y metodológicos”, concluye.

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