Yuichi Hirose trabaja en un taller centenario de Tokio. El artesano repite el oficio que heredó de su padre. Es la cuarta generación de su familia en dedicarse a esta labor.
El mercado del kimono cayó a $ 2.500 millones en 2016, según un estudio del instituto de investigación Yano, después de alcanzar los $ 16.600 millones en 1975.
El kimono, una palabra que significa literalmente “algo que ponerse”, “se ha convertido en una prenda muy alejada de nuestra vida”, recalca Hirose.
Actualmente está reservado a eventos importantes de la vida, como las bodas o los ritos tradicionales. E incluso para estas ocasiones pocos se compran un kimono debido a los altos precios.
Para Takatoshi Yajima, vicepresidente de la asociación japonesa de promoción de kimonos, la industria debe adaptarse.
Los profesionales del sector “siguieron vendiendo sus productos sin bajar los precios”, centrándose en modelos muy sofisticados, lamenta.
Él es partidario de bajar precios. Su empresa comercializa túnicas más asequibles, de algodón o lino. (I)
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