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Entrevista / Antonio Correa Losada / Poeta y editor colombiano

"No entendimos el sentido del humor permanente en Borges"

"No entendimos el sentido del humor permanente en Borges"
Daniel Molineros / El Telégrafo
15 de junio de 2016 - 00:00 - Redacción Cultura

Ayer se cumplieron 3 décadas del fallecimiento de Jorge Luis Borges y Antonio Correa Losada fue uno de sus anfitriones durante su visita al país, en 1978. Fue “un encuentro maravilloso”, dice el editor -mientras desempolva una edición del poemario Fervor de Buenos Aires, que llegó a su manos cuando era adolescente-, y empieza a recordar de forma borgeana: “se ha mantenido en mi cabeza como una gota de aceite. Hablo de las esmeraldas, claro, de las gotas que en su transparencia muestran un jardín”. En esta entrevista, los senderos se bifurcan en los rostros de una pareja.

¿El Borges que usted conoció hace casi 4 décadas era muy parecido al que imaginaba mientras lo leía?

Su mundo mítico, de paradojas y ambigüedades me asombró y atrajo poderosamente. Nunca había encontrado esas características en un autor. Antes yo leía lo conclusivo, el realismo, que nos llevaba a lo mismo y nos determinaba las cosas. (...) Cuando lo conocí, se mantuvo la imagen que yo tenía de él: un hombre anclado en el pasado, donde el presente se percibía como un lejano rumor, así vi a Borges cuando lo recibí en noviembre de 1978, en el exaeropuerto de Quito.

En ese momento, Borges era criticado por su visita al Chile de Augusto Pinochet Ugarte; ¿hubo tensiones para traerlo a Ecuador?

Latinoamérica era un mundo politizado, marcado por la izquierda. La Revolución cubana vivía el apogeo de sus contradicciones y críticas, entonces presenté la propuesta al Frente Cultural -grupo al que pertenecía- y fui mirado con cierta reticencia. No era explicable que un joven socialista presentara a Jorge Luis Borges para traerlo cuando era considerado un hombre de derechas. La derecha lo tenía como mito, como ejemplo.

Hay una crónica maravillosa de (Gabriel) García Márquez sobre el encuentro de Borges con Pinochet, en un almuerzo, en que el escritor le dijo: ‘oh, salvador de la democracia y del orden’. Es para soltar una carcajada. Con su seriedad, ¿por qué le dijo eso a un personaje como ese?

Quizás Borges fue irónico...

Estaba burlándose. Pero la frase es una lectura de García Márquez, que, políticamente, también estaba luchando por el Nobel en ese momento. Nadie quiere entrar en molestias con la Academia Sueca y a Borges, que nunca le dieron el premio, Gabo lo retrata de esa forma mientras también se acercaba al Nobel. Quizá no quiso empañar nada; yo comparto el criterio de García Márquez: no leímos ni entendimos el sentido del humor permanente en Borges.

¿Qué consecuencias tuvo para usted invitar al autor de Ficciones?

Fui expulsado del grupo cultural en el que estaba aunque dos escritores me apoyaron en la propuesta que tenía. Dije que era la oportunidad de confrontar ideas en un debate amplio que podía ser enriquecedor. Eso no se logró porque entonces todos ignoraban a Borges en cuanto a lectura profunda. Lo que se leía acá era muy poco y siempre hay señalamientos sin profundizar en nada, atravesábamos eso y para acercarme al autor me propuse leer todo lo suyo, incluso en fotocopias. Así me di cuenta de que era tontísimo lo que estaba haciendo, ignorarlo. Antes de terminar su obra, mientras llegaba, supe que me importaba conocerlo como individuo cotidiano, como el hombre de letras más allá de su obra y me fue supremamente bien.

¿Y cómo fue acompañar a Borges?

Fue un contacto en el que se me olvidaba que era ciego, lo trataba normalmente. Me movía con él sin ningún problema, como si fuera un viandante más, eso le encantaba. María Kodama, quien estaba con él, me dijo que estaba perfecto que lo tratara como a un tipo sin ninguna diferencia. Yo quería comentarle cosas sobre una ciudad como Quito. Fue muy enriquecedor. Lo vi afeitarse -es un poco impactante ver afeitarse a un ciego- en un espacio sin luz y ante un espejo, en su suite, a la que yo era el único que entraba sin tocar. Recuerdo que Borges intuía el color de las corbatas primero y, luego, le preguntaba a María si la que elegía era la apropiada. Ella coincidía siempre. Le decía ‘sí, Borges’.

Era una relación muy especial...

Era muy pragmática pero también tierna. Siempre se respondían con monosílabos, pero en el trasunto de las cosas, de las palabras, donde ellos estaban había una atmósfera de calidez, de ternura y respeto. Era algo muy agradable. Después, en Bogotá, Colombia, él llamó a María Kodama ‘Mi ángel azul’.

Actualmente, Kodama insiste en cuidar sus derechos de autor...

Hay una resistencia fuerte en ese sentido pero cuando fui a visitar a María en Buenos Aires, donde me invitó a un encuentro, vi que la gente le tenía respeto y aprecio. En ella vi una mujer muy celosa por el legado de Borges. Se convirtió en su guardiana, como un ogro que no permitía que una línea saliera sin el permiso de su fundación. Eso le debe haber producido una molestia grande, la animadversión hacia su actitud. Pero ella no era distante, acompañó mucho tiempo a Borges.

Él se encontró con jóvenes en la Universidad Católica...

No puedo olvidar que hicieron una calle de honor para que entrara a dar su conferencia. Todos allí estuvieron expectantes, incluso escritores como Pedro Jorge Vera, quien tenía una postura contraria a él, pero respetuosa. Además, Borges era poderoso para desviar una pregunta, eliminar al entrevistador, y lograba imponer su criterio, su punto de vista, con humor y paradojas o ambigüedades, que eran sus elementos esenciales. (...)

Recuerdo que cuando un joven le preguntó qué diferencia sentía entre escribir en español e inglés, Borges, como mirando hacia una constelación, en lontananza, como un héroe, le dijo: ‘¿cuándo usted siente un dolor de muela, lo siente en inglés o en español?’ (...). Cuando recordé un cuento suyo, le pregunté qué era Guayaquil, y me respondió: ‘Guayaquil es una palabra’. Así salía al paso de todo. Pero en esa ciudad nos movimos mucho más que en Quito. (I)

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