El jazz se convierte en soundtrack de un habitual público esquivo

- 24 de marzo de 2019 - 00:00
La Orquesta de Cámara del Museo Municipal de Guayaquil se presentará el próximo miércoles 27 de marzo, a las 19:00, en la sede del Museo Municipal.
Foto: Lylibeth Coloma / ET

Mes a mes, la Orquesta de Cámara del Museo Municipal y el trío C’est la vie abu presentan recitales que fomentan y suman adeptos a lo clásico y al jazz. Sus espectadores van dispersos.

A pocos minutos de iniciar el recital de C’est la vie abu, el breve repaso de notas de Alberto Illescas (contrabajo), Juan Carlos Jiménez (batería), Javier Vera (teclado) y Harry Game (saxofón) pone el jazz en escena.

Un género poco promovido en Guayaquil, pero bien aprovechado por el Manso Hostal para recrear un ambiente similar al de la bohemia de los bares de Nueva Orleans.

Illescas, su líder, lo prende en “Caravan”, de Duke Ellington y Juan Tizol. Sus colegas lo siguen en un juego armónico de improvisaciones.

La banda se ha formado en los laboratorios de la carrera de Música de la Universidad Católica de Guayaquil y tiene muchos seguidores en redes, pero la concurrencia a este recital es mínima.

Algunos son conocidos de la “U” y otros han ido a empaparse de la cultura hippie que se respira en el hostal.

El calor de invierno invita a degustar unas frías “chelas” que irrumpen en el escenario hasta llegar a su destino.

La imprudencia asoma de a poco. En parte, por la sonora charla de un grupo que deja al jazz como música de fondo.

A estas alturas, el saxo de Game está prendido con “Days of Wine and Roses”. Lo que tiene hipnotizados a los entendidos de estos arreglos.
Illescas lo sigue y vuela al ritmo del contrabajo compaginando con Vera y Jiménez.

La filmación del recital con el celular no falta, algo que ya parece normal en la era digital. Es parte de la evolución de las conductas en muchos conciertos, lo que invita a revisar las olvidadas normas del manual de Carreño.

Este sugiere no charlar, no hacer ruidos, no pararse ni aplaudir durante un espectáculo.

Una publicación en la revista Rolling Stone destaca algunas de estas normas apegadas a la época. No tomar fotos o selfies ni ver las redes o grabar todo el concierto, constan entre las principales.

Los jazzistas parecen estar acostumbrados y no se achicopalan. Su líder Luis Alberto Illescas prefiere dejar una buena impresión y se acerca a cada mesa para agradecer la asistencia y “atención”.

Al día siguiente, otro público se dirige a escuchar el concierto de la Orquesta de Cámara del Museo Municipal. La puntualidad de los asistentes sorprende.

A diferencia de la audiencia jazzista, esta lleva la solemnidad de antaño, pues, en gran mayoría, pasan de los 60 años.

Los aplausos reciben a los violinistas, chelistas y a su director José Valdivieso, quien dará inicio a la primera parte de este recital.

Cerrar los ojos al escuchar el sonar del “Concerto Grosso N° 3 en Fa Mayor”, de Alessandro Scarlatti, se convierte en un viaje al siglo XVIII.
Son ocho minutos de magia que consiguen las notas de los solistas Víctor Luna (violín), Saúl Castro (violín) y Joalnys Rodríguez (cello).

En “Divertimento N° 6 en Mi Mayor”, de Joseph Haydn, sucede igual. La gente continúa estática, menos ciertos infantes que, inquietos, siguen el imperante ritmo.

La segunda parte abre el telón con la pieza “El increíble castillo ambulante”, de Joe Hisaishi. Suena majestuosa, pero los de cabeza platinada ya están afectados por la distracción infantil.

El final esperado de notas nacionales está a punto de conectarnos con las raíces.

Aquello lo logran “El alma en los labios” y “Manabí”, que permiten romper el protocolo del silencio y seriedad. Así desaparece la cuarta pared y un karaoke sinfónico suena en los espectadores.

El maestro se voltea y en complicidad con ellos decide dirigirlos muy entusiasmado. Es característico de sus recitales que deberían tener mayor promoción y audiencia.

Pese a la gratuidad de este programa de música clásica o la propuesta de artistas independientes, como C’est la vie abu, el interés por asistir y autoeducarse es bajo.

Valdivieso parece haber superado estas reacciones. Es el último de la sala en marcharse y se va con una sonrisa. Coge su maletín, toma la calle Sucre y se pierde entre los transeúntes. (I)

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