El ingenio de David Mamet hace funciones en Guayaquil

- 15 de junio de 2019 - 12:53
Foto: Cortesía de Oleanna

Es la última semana de la obra, en Estudio Paulsen. Está dirigida por Javier Andrade, con actuación de Alejandro Fajardo y Lorena Robalino.

En la obra teatral Oleanna, Juan, un profesor que está por alcanzar el estándar más alto en una prestigiosa academia, tiene que cambiar sus planes luego de tener un encuentro en su despacho con Carolina, una estudiante que se le acerca para mejorar su nota porque, por más que se esfuerza, dice que no logra entender la lógica del profesor que en clases promulga que la universidad es una “novatada prolongada”.

El despacho se convierte en un ring, en el que el arma punzante es la palabra.

Se interrumpen el uno al otro con ideas, a veces irracionales, que devienen en una disputa por el poder, en la que se replantean sus propios actos, miran a la infancia y a aquello que los mueve.

La obra se divide en tres actos. En la primera, Juan es cortante con las llamadas de su esposa, quien busca concretar un acuerdo para comprar una nueva casa, a propósito del ascenso que tendrá su esposo en la vida académica.

Mientras tanto, Carolina está clavada en su oficina para pedirle que le explique algunas cosas de la materia que dirige, en la que, además, el único material de aprendizaje es el libro que él mismo escribió.

Preocupado por irse, Juan le lanza argumentos tan bajos como que esta, su materia, es una más, que no pasa nada si no entiende, que no lo necesita.

Carolina se confunde, está frustrada, entonces él intenta ser condescendiente y termina diciéndole que le cambiará la nota, que no haga nada más que ir unas cuantas veces a su oficina.

Juan intenta calmarla, asienta su sentimiento de víctima.

En el segundo y tercer acto, aquella actitud impasible de Carolina se transforma. Deja de dudar y le plantea a su profesor algunos cambios sobre su rol en la universidad, a la que a gente como ella le ha costado tanto ingresar.

La balanza del poder se inclina. Carolina reúne cada una de las señales que le dio el profesor durante su primer encuentro a solas, y ahora, lo demanda ante el consejo universitario por acoso. No está sola. Tiene un grupo que la apoya y la aconseja.

Esta pieza del dramaturgo estadounidense David Mamet se estrenó por primera vez en 1992. Su primer montaje coincidió con la denuncia contra el juez Thomas, candidato al Tribunal Supremo de Estados Unidos, por acoso sexual a una profesora universitaria.

Cuando estuvo en escena, a Mamet lo acusaron de misógino y oportunista. Ahora, en tiempos en los que hay una campaña intensa a favor de los derechos de las mujeres, denuncias crecientes sobre el acoso sexual en círculos tan sagrados como Hollywood, el cineasta manabita Javier Andrade asume estas líneas como un reto para poner en escena su primera obra de teatro con los actores Alejandro Fajardo, como Juan, y Lorena Robalino, como Carolina.

Para Andrade, poner esta obra en escena ahora en Guayaquil es como poner un disco de Sex Pistols en Londres, en el 77. “Hay cierta violencia, hay un entorno de shock, pero eso es necesario”.

Piensa que el deber del arte es cuestionar, sacudir. “Este texto significa el amor, la familia. Hay un tema que se mueve y se engrana en todo lo que sucede, para mí, en la producción que hemos hecho, es el traspaso de poder de un grupo a otro, en ese proceso el derramamiento de sangre es inevitable. Eso es para mí lo que dice esta producción en particular. Esa ha sido mi bandera”, agrega el director.

Los personajes van hacia sus extremos y los espectadores, sentados en este cuadrante, muy cerca de los protagonistas, lo único que pueden hacer es ver su humanidad, comprender cómo devienen sus acciones, sin que tengan que estar a favor de uno u otro.

Para Fajardo, “hay muchos argumentos para estar de un lado u otro, es muy difícil ser absolutista”.

Robalino, que había visto la obra en una adaptación quiteña, tenía un conflicto con el manejo del lenguaje en esta obra y cómo todo se convierte en un “tira y afloja perverso”, que hace ver a su personaje como una mujer manipuladora.

Su director piensa en que hay muchas maneras de masticar este texto. “Me gusta la habilidad de Mamet con el diálogo. No todo lo que se dice tiene que ver con eso. A veces los personajes dicen cosas para no estar callados, porque tienen una urgencia, el diálogo se vuelve un arma y hay una precisión con la que tiene que ejecutarse, que es un desafío. bien. It’s about fucking time”. (I)

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