Hamelin, cuando el monstruo es social

- 20 de agosto de 2019 - 00:00
Itzel Cuevas (izquierda) hará de acotadora; mientras que los otros actores se desdoblan entre 14 roles. En la foto, de izquierda a derecha, Diego Naranjo, Jaime Tamariz, Aaron Navia, Belén Idrobo, Alejandro Fajardo.
Foto: Miguel Castro / EL TELÉGRAFO

La obra de teatro parte de un caso de pederastia real. Andrés Lima guía a siete actores al estilo de Brecht, con una pieza dura y al mismo tiempo entretenida.

El feminismo, la corrupción, la pedofilia, el poliamor. El teatro puede llevar a escena cualquier tema que debata la sociedad y que, a pesar de lo escabroso que resulte, vea luz.

Andrés Lima, director de la producción teatral Hamelin, que estará en funciones hasta este sábado 24 de agosto en el Teatro Sánchez Aguilar, piensa que el mundo de la interpretación se basa “en ponerse en lugar del otro”.

De allí que conciba y trabaje el teatro desde los verbos: amar, Romeo y Julieta; asesinar, Otelo.

“La acción es lo que genera el teatro, todos hemos amado, todos nos hemos sentido abusados o poco amados en el sentido de nuestra vida. Eso hace que el público se sienta vinculado”, dice antes de empezar con retraso uno de los ensayos de la obra que llegó a dirigir desde España. Y a pesar de lo difícil que pueda resultar la trama, considera que, como dijo Bertolt Brecht, "el arte, cuando es bueno, es siempre entretenimiento".

La pieza teatral parte de un texto de Juan Mayorga (dramaturgo y miembro de la Real Academia de la Lengua) que, a su vez, toma como fuente un caso de pederastia real, ocurrido  en Raval, España.

El primer montaje lo dirigió Lima hace más de 10 años y desde entonces la visión de este tema no ha cambiado demasiado, además de que la pederastia tiene cifras “tan demenciales que resultan ridículas”, según Aaron Navia, uno de los seis actores de esta obra.

Además de Navia participan en este elenco Alejandro Fajardo, Itzel Cuevas, Jaime Tamariz, Belén Idrobo, Diego Naranjo y Luciana Grassi.

Cuevas hace de acotadora, quien guía al espectador en este juego, como el abuelo que cuenta la fábula del flautista de Hamelin. Los otros seis intérpretes se desdoblan en el rol de 14 personajes que intentan contar cómo esta pequeña ciudad está poblada de ratas.

El juez convoca a la prensa para advertirle que la policía hará una serie de detenciones, en las que algunas afectarán a ciudadanos conocidos y respetados, lo que tendrá “efectos desmoralizadores en la opinión pública”.

Pero la obra va más allá de tener una carga moral. Para Lima la pieza tiene su propia moral. Para Navia “el público se juega sucio a sí mismo”. Para Fajardo “todos son culpables y todos son inocentes”.

El poder en este caso de abuso no está del lado de una institución en particular, sino de la sociedad.

“Hamelin se vuelve más social, la relación del poder la tiene quien tiene el dinero, o los más pobres. En cualquier sociedad es el poder que maneja esta situación, no se ciñe a un poder concreto, los padres abusan de sus hijos por facilitarles a un pedófilo que tenga relaciones con él para que salga de la miseria, miran para otro lado. El juez hace un interrogatorio con tal de encontrar un culpable donde no los hay”, dice Lima.

El dramaturgo busca un monstruo para echarle la culpa de una vergüenza social, “ojalá fuera tan sencillo como acusar a alguien. Los niños son abusados por la gente, por la que más ama el niño. Aquí hay una concesión social del poder”, agrega Lima. (I)  

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