El médico

- 30 de octubre de 2020 - 00:00
El Telégrafo

Ernesto estudió medicina en Colombia, pero había que retornar, no tendría recibimientos, ni nada, solo el cuartucho friolento en el centro de Quito le esperaba.

No presta atención al nombre; tal vez de lo único que se acuerda es de las trenzas sueltas, colgadas como columpios, negras, aun más que la negra noche, saciadas de oscuridad, en las cuales, bamboleándolas, aquella mujer se protege, oculta su rostro, que nadie sepa quien es, que nadie sepa a quien calienta el voluptuoso cuerpo. Carmen o Lucrecia, ¿qué mas da? Su cara, sonrojada y redonda. Blancas manos, como nácar: pequeñas, de uñas rosadas, frágiles, imposible pensar que contengan el volumen carnoso de sus formas amplias; pero, ¡sí, lo logran!, graciosamente, con sutil atractivo y vehemente sensualidad.

–Es mi nieta –le aclara la dueña.
Esa, es la primera impresión que recibe Ernesto Gangotena al llegar a la casona vieja. La necesidad de hospedaje le conduce a un cuarto semioscuro, algo mal oliente, de paredes descascaradas por la humedad. Solamente le quedó acomodarse en su nuevo hogar y emprender la aventura en su estrenada profesión de médico, misma que le había vuelto a su Quito, ciudad a la que quiso olvidar… y por poco lo consigue.

Su vida tomó un giro peculiar cuando la bien plantada familia, como la renombraban los conocidos, perdió lo que más le daba esa categoría de linaje con estirpe y tradición, casi prehistórica: la posición social y el dinero. Ernesto recordaba aquella época muy claramente, ya que cuando aconteció el hecho tenía doce años. Desde ese instante se derrumbó la tradición de los Gangotena, marcando el principio de una serie de tristezas y tormentos sin él pedirlo. Su padre había echado a las cartas y a las noches mal habidas de bohemia toda la fortuna, la que naufragó, en el torrente del vino y transpirar de los burdeles, hacia el vacío, al barranco sin fondo del despilfarro y vanidad. La madre envejeció. Los días transcurrían y de cada uno se sentían cinco. Se perdió todo, menos el orgullo.

Ernesto estudió medicina en Colombia, pero había que retornar, no tendría recibimientos, ni nada, solo el cuartucho friolento en el centro de Quito le esperaba. La nieta de la dueña –aquella de la mirada blanquinegra– finalmente calentaría su extraña cama al contacto de esas ansias transmutadas en carne y deseo. Una noche, mirando al tumbado del cuarto, algo estalló en su memoria –como cristal roto en medio de la niebla–, fue aquel fugaz instante cuando conoció a Beatriz en la fiesta de alta sociedad de los Lasso, donde un amigo de un tercero le invitó. Revivió las chispeantes citas en el hotel de La Tola, sin que nadie y todos los vean; el amor escondido entre esas sábanas, casi blancas; el sabor a engaño, ocho en este caso, al prometido de ella, el doctor Chiriboga, eminentísimo y tontísimo; pues, su noviazgo fue tributo a antiguos favores que la casa de Beatriz debía al bolsillo del abogado.

Al final, la Bacha casó con el doc. La familia de ella cayó en la misma telaraña que antes envolviera a la de Ernesto. También, hubo la salida ideal que recupere el “honor” perdido –aquí honor es sinónimo de dinero–, ese puesto que “Dios y el orden natural” les había obligado a aceptar. Ella se fue, su destino era Colombia, de donde él volvió.

Todo son recuerdos en el cuarto de la casona, únicamente le quedan las tiras de la cortina sobre su rostro y el cigarrillo consumido hasta el final. ¡Ah, se le olvidó!, es el momento en que la nieta de la dueña ingrese sigilosamente –como de costumbre, para no ser descubierta– y se zambulla en la cama, como pez en el estanque… Empieza la rutina nuevamente. Se oye el canto destemplado del gallo en el patio, ¡atento!, hora de levantarse. La nieta ya se ha marchado antes de que amanezca… Hay que ganarse la vida. Qué más cuesta. El consultorio espera, los pacientes se impacientan.

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