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De cristales, quiebres y ausencias

De cristales, quiebres y ausencias
13 de julio de 2013 - 00:00

El cristal es frágil, no hay duda, y tampoco hace falta tener un gran nivel de sensibilidad para saber que los seres humanos estamos constantemente expuestos a derrumbarnos por nuestra vulnerabilidad.

A esta realidad transporta la obra El zoológico de cristal, originalmente del dramaturgo Tennessee Williams, presentada en Chicago en 1944, y que llega al tablado guayaquileño gracias a la dirección de Carlos A. Ycaza y a la productora Azamont.

La historia que se plantea en esta obra es una evidencia de que todo puede quebrarse y, desde las actuaciones, los diálogos y la atmósfera que se crea, desgarra. Amanda, la madre; Tom , el hijo, y Laura, la hija, son parte de la familia Wingfield, quienes viven en los años treinta. El padre está ausente, pero su presencia sigue arraigada a la memoria de la mamá.

Montserrat Serra interpreta a Amanda, una madre asfixiante que, ya sea por amor o por esa dependencia a la que tanto le huye, atormenta y pretende controlar  a sus hijos: Tom (Ricardo Velasteguí), un joven que se siente atrapado en un trabajo de oficina que no lo deja vivir esas “aventuras” que anhela experimentar, por lo que no le queda más que  ir al cine todas las noches y amargarse cada vez que pisa su casa y escucha los alaridos de Amanda, que no lo deja ni comer en paz.

Por otro lado está Laura (Frances Swett), una chica extremadamente tímida y coja; su madre teme que se quede soltera y ejerce toda la presión posible para que acceda a un pretendiente, pero lo único que esta muchacha hace día y noche es cuidar su colección de figuras de cristal.

Hay un cuarto personaje clave -por el que se supone que el dramaturgo estadounidense iba a nombrar a la obra como El Pretendiente-, y es Jim (Marlon Pantaleón), un chico que llegaría a ser el enamorado de Laura, pero que está comprometido. Amanda es uno de los personajes que por más de que se gana el fastidio y el rechazo de quien la escucha y ve, conmueve. Y la actuación plausible de Serra acerca mucho más la manera intensa y frenética con la que la madre se acerca a sus hijos y a la vida.    

La tensión generada por  su relación con el personaje de Velasteguí los convierte en las interpretaciones más fuertes y angustiantes de la obra. Los gritos, las miradas y gestos de desaprobación afirman cada vez más su distanciamiento.  

Todo aquello se refleja de manera sagaz en los poéticos diálogos escritos por Williams; y lo que por momentos al público podría parecerle jocoso, en principio, son taladros que se incrustan y duelen. Es decir, hay un humor sutil escondido en la obra, pero no es su intención principal generar carcajadas, sino golpear constantemente.

De acuerdo con Carlos Ycaza, en un conversatorio sobre la obra realizado el pasado miércoles en el centro Sol Cultural, la idea de este montaje es rendir honor a la versión original de El zoológico de cristal;  por eso  en la mitad del escenario se utiliza un proyector holográfico (en la de 1944 eran pantallas), donde se muestran imágenes que remiten a la memoria de cada uno de los personajes.      

Y es que cada uno de ellos vive atrapado en su propio mundo, frustrados por la libertad ausente o que llega por momentos casi impalpables, y en ciertos casos atacados por su pasado.

Escena tras escena la madre, los hijos y el pretendiente -que llega en las últimas escenas- se quiebran a su manera, como ese unicornio preciado que cuida Laura y termina sin su cuerno. Es ahí cuando el vacío se apropia de todo: del amor, del tiempo, de la esperanza, de las ilusiones e inocencia.    

“Levántate y brilla”, grita a sus hijos Amanda, con sus ánimos que intentan resurgir por las mañanas, pero es ciega y no se da cuenta de que  lastimosamente cuando el cristal cae, se rompe, no logra encenderse de igual manera a la luz de lo que podría tornarse en una esperanza, siempre, siempre incierta.

Pero hay que ser claros en algo, esta no es una obra para  condenar la falta del padre o la disfuncionalidad de una familia, más bien ‘condena’ la dependencia y las ataduras esclavizantes  a lo efímero.

La última función de la obra El zoológico de cristal se interpretará hoy, en la sala experimental del Teatro Centro de Arte, a las 20:30. Las entradas tienen un costo de $20.

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