Ángela Arboleda cuenta cuentos para poder dormir

- 16 de abril de 2020 - 00:00
Estudió un posgrado en Gestión Cultural en la Universidad Internacional de Cataluña y un Máster  en Construcción y representación de identidades culturales.
Foto: Cortesía

La narradora oral ha logrado que su pequeño grupo de contactos viralice las historias que tiene guardadas y esperan por una editorial.

La segunda noche de toque de queda, Ángela Arboleda, la cuentista, creadora de El Cerrito de Cuentos y de Jornadas de la Oralidad, así como de la Beca para pequeños narradores, no podía dormir. ¿Cómo alguien que cuenta cuentos no puede dormir? ¿No tienen estrategias los cuentistas o cuenteros -como cada quien prefiera asumirse- para dormir tan rápido como nos hacen soñar?

A Ángela no se le ocurrió otra cosa que rebuscar en su archivo, entre los cuentos inéditos, viejísimos y recientes, en el mismo que unos días antes del inicio de la emergencia sanitaria, había enviado a algunas editoriales del país.

Como, por alguna razón extraña, no obtuvo respuesta, decidió zambullirse en esas historias para leerlas en voz alta y enviarlas en formato de pequeños audios a al menos 100 personas entre sus contactos de celular.

No lo pensó demasiado. Solo tenía ganas de desearle buenas noches a sus conocidos y esperar que todo pase pronto. Tenía el deseo de entregarles a otros una forma de conciliar el sueño, para que un poco de lo mismo le aliviara sus propias pesadillas y malas noches.

Pensó que podría usar su archivo por unos 15 días, como mucho. Hizo con ellos audios cortos, y hasta dividió algunos cuentos en capítulos.

“No ha de durar tanto esta emergencia en un país como el nuestro, tan tropical”, se dijo. Aunque, como parte de la emergencia sanitaria la ciudadanía debía ponerse en “cuarentena”, según la disposición, aquella palabra no cuadraba con 15 días, los que inicialmente pensó la cuentera que duraría todo.

“Tuve la ilusión de que me sobraran cuentos”. Aun así, todavía no se han acabado y, en caso de que le falten textos, no está lista para ponerse a escribir unos nuevos. Si se acaban –que espera que no ocurra–, contará en voz alta cuentos que le gustan. Piensa que no es hora de ponerse a escribir.

Desde que empezó a enviar cuentos a sus amigos y conocidos, no ha dejado de hacerlo ni de sorprenderse con los comentarios que le llegan. Se ha reconciliado con algunas personas con quienes no tenía contacto y que de casualidad agregó a la lista de mensajes, ha vuelto a hablar con buenos amigos del pasado y sabe de quienes los reenvían a sus grupos de amigos y familia antes de dormir.

Si Ángela, la gestora, no está lista en este momento para hacer un trabajo de producción, hay quienes se encargan de que sus cuentos lleguen a otros en una especie de “boca a boca” digital.

“Solo quiero que mis cuentos logren pequeñas acciones”, dice Ángela en una llamada telefónica, mientras evadimos el sonido del señor que vende verduras en megáfono.

“Quiero que cada quien haga lo que quiera con mis cuentos, así como Jeremías se pone a mirar el horizonte, el hijo de Nathalie pregunta por qué son tan cortos o como los hijos de Glenda, que escucharon el cuento sobre Lucy, dijeron: ‘Vamos a stalkear a Ángela’ y se metieron a mi Facebook a conocer a mi perrita”.

Arboleda quería donar algo a comunidades afectadas con otras organizaciones, pero no tenía más que libros.

Se cuestiona a diario qué hacer por los barrios en los que los líderes gremiales discuten cómo les va a afectar cada una de las decisiones de las autoridades, en los que se arman estrategias para que les llegue el servicio de agua, para al menos cumplir con la disposición de lavarse las manos. Ella no tiene más que libros, y para los suyos, la posibilidad de contarles un cuento.

“Lo mínimo que puedo hacer es saludar a la gente que quiero con una pequeña historia, aunque me da rabia el poder. No puedo creer que tantas veces hayamos elegido mal”.

Cuando termine el tiempo de cuarentena y en los barrios puedan hacer el luto que no se está haciendo por la necesidad de trabajar en el día a día, Arboleda piensa ir a acompañarlos con los cuentos que ahora se cuestiona al compartir: “A veces me da vergüenza tener una biblioteca en casa”. Por ahora espera que no se acabe su archivo.

Después de esta conversación Ángela, que tenía miedo de compartir sus cuentos con los barrios, lo hizo porque tener una biblioteca también es un derecho. Se lo agradecieron. Los cuentos y la narración oral suenan antes de dormir. (I)

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