La escritora ecuatoriana es la ganadora del premio alba de Narrativa reciente

Ojeda: “Mi novela plantea la reescritura de la historia”

- 12 de marzo de 2014 - 00:00
Mónica Ojeda Franco, escritora. Nacionalidad: Ecuatoriana. Fecha de nacimiento: 1988. Edad: 25 años.

La escritora ecuatoriana es la ganadora del premio alba de Narrativa reciente

La escritora guayaquileña Mónica Ojeda se ha constituido en la más reciente ganadora de la quinta edición del Premio Alba de Narrativa por La desfiguración Silva, novela que, en opinión de Abdón Ubidia, autor ecuatoriano que presidió el jurado, muestra un seguro nivel de escritura y estilo, así como una compleja y acabada narrativa.

La autora estudió literatura en la Universidad Católica de Santiago de Guayaquil y una maestría en Creación Literaria en la Universidad Pompeu Fabra (Barcelona).

Ella en la actualidad vive en Madrid, donde estudia Teoría y Crítica de la Cultura, mientras prepara un doctorado sobre Literatura pornográfica latinoamericana.

En la edición de cartóNPiedra de este domingo, se ofrecerán más datos sobre su trayectoria y una versión más extensa de esta entrevista.

Se dice que los certámenes cubanos premian novelas políticamente comprometidas o que validan su proceso. ¿La desfiguración Silva se inscribe dentro de este marco?
No, para nada. Creo que mi novela desmiente completamente ese prejuicio porque no abordo procesos políticos —ni para criticarlos ni para ensalzarlos—. Ni siquiera hago esbozos sobre las formas de hacer política en Latinoamérica; tampoco menciono gobernantes, ni hago apologías de patria. La acción de la novela se ubica en Guayaquil, pero por lo poco que hablo de la ciudad podría haber sido cualquier otra parte.

En una época en que los jóvenes centran su atención en las novelas de lo cotidiano, como Houllebacq, o en la ciencia ficción, ¿qué le motivó a escribir sobre el Tzantzismo, movimiento cultural de la década del 60 y, por lo tanto, un suceso propio de nuestra historia literaria?
En realidad no escribo sobre el Tzantzismo sino sobre la decisión de 3 personajes de reescribir la historia tzántzica inventándose a un personaje histórico que nunca existió. El tema de los tzántzicos es tangencial dentro de la novela y para nada decisivo. La acción principal, podría decirse, es la narración del rodaje de un cortometraje por parte de un grupo de universitarios. Lo que ocurre alrededor de ese proceso es significativo, pero no creo que sea una novela sobre el Tzantzismo porque lo que hago —lo que hacen los personajes— es ficcionar la historia. Y esa solo es una pequeña parte de la trama.

¿Qué peso tiene en nuestro medio la novela histórica?
No he pensado demasiado en ello porque nunca me ha interesado la novela histórica como género literario. Me parece que es un género que parte de la pretensión de poder asir la realidad, el pasado, con un lenguaje que logre dar cuenta de él, es decir, reflejarlo como si las palabras fueran un espejo y no una representación del espejo, o reconstruirlo como si fuera un rompecabezas que, al final, debe darnos una imagen clara y completa. No quiero quitar el mérito a los que escriben novelas históricas porque, ciertamente, hacen un trabajo de investigación titánico y se imponen un reto bastante grande, pero no es un género que me atraiga y, por lo tanto, no soy la persona más apropiada para decir qué peso tiene en nuestro medio ese tipo de escritura.

Susana Freire realizó sobre los tzántzicos una investigación. ¿La usó?
La leí porque cuando decidí que iba a trastocar el Tzantzismo quise saberlo todo, hasta el último detalle, sobre el movimiento y las producciones de sus miembros. Le escribí a Ulises Estrella (uno de los miembros del grupo Tzántzico) desde Barcelona y él, muy amablemente, me envió el libro de Susana y también un facsímil de la revista Pucuna. Pero Ulises no solo me ayudó enviándome esos textos: también me permitió usar su nombre para crear un personaje de ficción que, en realidad, poco tiene que ver con él. Fue de gran ayuda conocer los datos históricos para luego poder distorsionarlos.

¿Qué escritor de la generación tzántzica encarna al tzántzico?
No creo que haya un único autor que encarne a un movimiento que fue heterogéneo en sus producciones y en sus formas literarias. El Tzantzismo fue cuestionamiento y fue ruptura. Fue vanguardia. Sus autores intentaron escapar de los moldes y creo que hubieran rehuido a la idea de convertirse en encarnación de algo.

¿Retrató a los escritores del movimiento en su novela?
No. Los nombro una sola vez, creo, y algunos de sus nombres los he cambiado. La novela plantea la reescritura de la historia; de la historia como un lugar maleable y desacralizable. No he novelado el Tzantzismo: los personajes de mi novela, de forma lúdica, trastocan la narrativa del movimiento.

El veredicto dice que en su novela hay lenguajes provenientes de distintas vertientes del arte contemporáneo...
La novela contiene capítulos que son partes de entrevistas a personajes, un cuaderno de rodaje, un guión para cortometraje, poemas, un ensayo literario... En fin, los mismos personajes acaban por hablar o reflexionar sobre la pintura, el arte conceptual, el cine, la literatura, y lo hacen porque es el mundo en el que se mueven: son estudiantes de literatura, de teatro, profesores de guion cinematográfico, periodistas...

Dice que hay aprovechamiento de aforismos ¿Hay una influencia de Cioran, cuyos aforismos se han difundido tanto últimamente?
La verdad, no he leído a Cioran con el suficiente interés como para sentirme influenciada por él. Hay un capítulo que consiste en las anotaciones fragmentarias de un personaje durante la filmación de un cortometraje. Este personaje juega un poco con los aforismos, pero también con la idea del fragmento y de la semblanza. Son píldoras de lo que piensa y mira y que va anotando en su cuaderno. En este sentido, me han influenciado más escritores como Rafael Sánchez Ferlosio, Blanchot, Perec, Benjamin y Clarice Lispector.

¿Qué expresiones populares ha incorporado?
Hay partes en las que los personajes hablan y tienen formas de expresarse muy diversas: hay quienes se distancian a conciencia de las expresiones populares porque están creando su propia narrativa y en ella no hay cabida para un lenguaje así, y otros que las usan sin tapujos. No me he sentido especialmente interesada en plasmar las expresiones populares del habla guayaquileña, ni de hacer una novela sobre la identidad —me llama más la atención el desmoronamiento de las identidades, en todo caso—: yo solo he hecho hablar a los personajes según su caracterización.

Se habla de una novela de dualidades enfrentadas...
Sí, más bien de diálogo entre supuestos opuestos: objeto/representación, realidad/ficción, historia como relato e Historia como un corpus de hechos pasados, literatura/cine, etc. Creo que muchas dicotomías se ponen entre signos de interrogación a lo largo de la novela, o al menos eso fue lo que intenté hacer.

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