Desplazarse en bus urbano es, en verdad, toda una aventura, a veces nada aburrida, ya sea que la unidad vaya llena o semivacía.
Si los vendedores ambulantes que se suben a ofrecer productos rompen la monotonía con sus destempladas voces y múltiples historias para que los pasajeros les compren o les den “una ayudita para no tener que robar”, no digamos la “cantaleta” del controlador con su: “¡Siga para atrás, atrás tiene espacio!”.
Desde las 14:35 hasta las 14:57 del martes 8 de enero, el matiz fue diferente. El interior de un bus de la línea Colón-Camal, que iba casi vacío, fue escenario perfecto de tres niños para, mientras se trasladaban a sus casas, jugar hasta más no poder: ruidosos y revoltosos, pero a la vez angelicales y despreocupados de los problemas del mundo adulto.
En el trayecto desde las avenidas Colón y Amazonas hasta Versalles y Ramírez Dávalos, al norte de Quito, el trajín fue intenso para tres alumnos de la Escuela Guayaquil. Aquí no contaba para nada los frenazos, aceleradas y curvas bruscas que ejecutaba el chofer.
“¡Te mechoneo!”, le advirtió un niño al otro y enseguida se abalanzó y lo tironeó del cabello hasta someterlo contra el asiento del bus, al tiempo que lo pateaba entre duro y suave. Entre risa y risa, corridas y corridas, el niño sometido logró incorporarse y le devolvió la “deferencia” con la misma dosis.
Los pequeños convirtieron al bus en su centro de diversión: pista atlética para correr de un lado a otro gracias a que estaba casi vacío; ring de lucha libre para tirarse de los cabellos; cancha de fútbol en donde el balón era las canillas del rival; parque infantil en donde la resbaladera eran los asientos...
Uno que otro pasajero los regresaba a ver con cara de pocos amigos, mientras que los niños, pese a patadas y mechoneadas, desbordaban una felicidad que se presentaba invisible a los ojos de los “sufridos” adultos.
Uno de los chicos se daba el tiempo de halar del cabello al rival con una mano y con la otra beber leche escolar en señal de superioridad. El otro se sentaba un rato y llamaba al oponente mediante silbidos, como si fuera su mascota.
La niña, por su parte, agitaba: “¡Pégale como el gato con botas!” y en el rato menos pensado también entró en acción: mechoneó a uno de ellos por el “delito” de pisarle sus nítidos zapatos escolares de color negro. ”¡Toma para que aprendas!”, le decía y todos reían.
A estos niños les sobraba la vitalidad y alegría que en cambio les faltaba a los nueve pasajeros adultos: uno de ellos, de unos 60 años, pese a estar sentado adelante y lejos, giró el cuello, frunció el ceño y reprendió: “¡Ya siéntense guambras inquietos!”
En qué terminó esta algarabía, no sé: me bajé del bus en la Versalles y Ramírez Dávalos. Lo único cierto es que estos niños mostraban ser felices a su manera, sin afectar a nadie. (I)
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