Es miércoles. Un hombre delgado, de lentes, abre las puertas de una casa, pintada de blanco, esquinera, ubicada en el valle de Los Chillos en Quito.
Adentro se escucha música cristiana. Carlos (78 años) ingresa tomado de la mano de su hija. No la suelta. Adentro, hay 20 personas, todas con fundas de hielo que apoyan en sus brazos descubiertos. María (32 años) apoya a su padre, un bioquímico farmacéutico, a quien hace menos de un mes le diagnosticaron cáncer de pulmón. Nunca ha fumado ni tomado.
Carlos se cansó de esperar resultados médicos de laboratorios de hospitales. Ya no cree en la medicina tradicional, que estudió por 40 años; ahora se aferra a lo que le digan. Agua de hojas de guanábana, bicarbonato, limón, reconstituyentes... todo. Manuel se sienta a su lado. Tiene cáncer de próstata. Él está convencido de que el doctor Francisco, que habla con los lentes en la punta de la nariz, lo ha sanado.
Más allá está Carmen, quien tiene cáncer de estómago y desde hace un mes acude donde este peculiar doctor. También se siente sanada. Carlos regresa a ver a su hija. “Ya ves”, le increpa. Sigue convencido. Es su turno, el número 38. Llegó a las 10:00 y son ya las 13:00. María sigue cada palabra que emite el doctor. Habla de una vacuna que recibió un premio Nobel por el uso contra el cáncer. “Si es así, ¿por qué la gente no se cura?”, se pregunta María, pero sabe que su padre es terco. “Igual se la pondrá”, se resigna. Esa vacuna no es más que un antiparasitario para animales, pero Francisco nada dice de eso.
Carlos sabe cada compuesto, pero no increpa al doctor Francisco porque quiere probar algo nuevo. Revisan radiografías, exámenes médicos. “¿Estás convencido?”, lo increpa María por última vez. “Sí”, afirma con convencimiento su padre. Alza su brazo de la bolsa del hielo y el médico prepara la inyección. María ve cómo el líquido ingresa al cuerpo de su padre. Mientras lo hace forma una bolita, que el doctor la disemina con la punta de los dedos. Reza. Toma su mano. Termina. “¿En cuánto tiempo sentiré los efectos?”, pregunta su papá. “En cuatro horas”, le responde, pero él inmediatamente se siente mejor. Incluso cree que puede respirar bien.
Carlos sigue con la idea de que respira mejor. Igual seguirá el tratamiento: seis vacunas más. María solo espera los resultados médicos del hospital. (I)
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